¿Quién sabe de dónde cayó la piedra propulsora de las ondas sociales? ¿Quién sabe de qué baja bestialidad llegó la inspiración al artista? ¿Quién sabe de qué alta inteligencia luminosa llegó la negrura del crimen á un alma de tinieblas?
Los pueblos tienen sus héroes y sus artistas y sus grandes hombres, como tienen sus criminales. En todos hay algo de todos.
No lo olvidemos al juzgarlos. Por todo esto, ya veis si un Gobierno español tiene siempre razón para perdonar, y todos para agradecerle que perdone. Es como si nos perdonaran á todos y todos nos perdonáramos unos á otros.
Persona, al parecer eclesiástica, me escribe muy indignada porque yo he dicho que los santos en vida no fueron muy bien mirados por la Iglesia. ¿Habré de recordar á persona tan docta los muchos santos que anduvieron en opinión de herejes y padecieron persecuciones y entredicho? ¿Bastará con recordar á San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús? ¿No tiene el primero que pasar los imposibles hasta ver aprobados los Estatutos de su Orden? ¿No padecieron los de casa persecuciones de la Inquisición y de sus superiores? ¿No llamó el Nuncio de Roma fémina inquieta y andariega á Santa Teresa?
No es que á mí me parezca mal; todo ello es naturalísimo. Los espíritus superiores, en cualquier esfera de actividad, son una perturbación.
Parafraseando un refrán algo brutal, bien puede decirse: «El grande hombre muerto, y el apio en el huerto».
Digan ustedes á cualquier familia de un grande hombre: «¡Qué orgullosos estarán ustedes!» Y por vergüenza no se atreverán á decirlo; pero, ¡vaya si lo piensan!: «Lo que estamos es... que no le podemos aguantar.»
Los santos y los genios no tienen vista más que á muchos siglos de distancia, cuando ya no les queda ni descendencia; porque hay descendientes que, sin ser santos ni genios, abusan del nombre del antecesor ilustre para seguir molestando.