Mas pasada la turbia que estas revueltas aguas de la actualidad traen de origen consigo, los espíritus desinteresados, los que no pierden nunca la noble serenidad inteligente, comprenderán, aunque por algo del momento se apasionaran unos y otros, que algo sobre la actualidad, con aspiración á lo definitivo, se eleva sobre las discusiones apasionadas.
Nada sería el perdón de hoy si no significara la abolición de la pena de muerte en España. Esa pena, que es vergüenza en toda sociedad civilizada, y si la civilización se enorgullece con el nombre de cristiana, no es ya sólo vergüenza, es crimen y es pecado.
La pena de muerte es la negación de la Justicia: es la pena bárbara del Talión, es la venganza que el propio ofendido se tomaría por su mano, sin necesidad de que unos jueces togados se interpusieran para dilatar fríamente la ejecución, cuando quizás los propios ofendidos han perdonado.
Pena que nada remedia y nada evita. Cuando más se aplicaba, más numerosos eran los crímenes. Hasta en delitos de imaginación, como en los brujos y posesos, puede comprobarse: cuanto más arreciaba el rigor en los suplicios, más se recrudecía el contagio, y eran en mayor número los que á sí mismos se acusaban de practicar diabólicas artes.
¿Ejemplaridad? No debe ser mucha la de una pena que todos los modernos legisladores creen más conveniente rodear en su ejecución de misterio y hasta se ha consignado, al término de largas discusiones en Congresos penitenciarios, la conveniencia de que la Prensa periódica se abstenga de publicar detallados relatos de toda ejecución capital. ¿Por qué todo esto, si de tan provechoso aviso y ejemplo fuera la pena de muerte? ¿No es todo esto palmaria confesión de que tan contagioso es el crimen como la pena, cuando se iguala al crimen en el procedimiento?
Ya es sobrada concesión que los hombres podamos juzgarnos unos á otros, pero nunca de un modo irreparable. Porque andamos individualmente sueltos por el mundo, nos creemos desligados unos de otros, y hay un espiritual cordón umbilical que á todos nos une como á un solo organismo humano.
En toda gloria de la humanidad tenemos todos nuestra parte de gloria, y en todo crimen, nuestra parte de culpa.
¿Por qué ante las hazañas de nuestros soldados, ante los triunfos de nuestros grandes artistas, algún buen hombre, ajeno á todo valor y á todo arte, exclama con orgullo: «¡Somos muy valientes! ¡Somos muy artistas!» Hay quien ante las gallardías de un torero se ufana de ellas, como si fueran propias, y dice muy orgulloso: «¿Han visto ustedes cómo hemos quedado en Méjico?» ¿Por qué no se considera del mismo modo solidario de crímenes y errores?