Los grandes escritores, cuya gloria perdura sobre los pueblos y los siglos, son los que acertaron á contar mejor esos eternos cuentos que interesa siempre al espíritu infantil de la Humanidad.
Todas las grandes obras de la literatura, si bien se advierte, son cuentos de niños. Obras que conmoverán eternamente lo que hay de niño en el alma de todos los hombres y de todos los pueblos.
Cuentos de niños, La Iliada y La Odisea; cuentos de niños, La Divina Comedia, y nuestro Romancero, y La Canción, de Roldán, y los Fabliaux franceses, y los cuentos de Chaucer, y las tragedias de Shakespeare, y los dramas legendarios de nuestro teatro...
Hoy, entre el espíritu del escritor y el espíritu del pueblo, el eterno niño, media una distancia que no basta á salvar una artificiosa sencillez toda de habilidades literarias. La sencillez no se imita con nada; con la bobería, mucho menos. Ni con místicos ó castizos vocablos.
Sin afectación, alegre, claro, limpio, llega un libro de cuentos para niños, Cuentos de hechos, de Gertrudis Segovia, libro de mujer, como yo quisiera todos los libros escritos por mujeres; libro que añade á nuestra pobre literatura infantil unas flores, más valiosas que joyas. Hay en él cuentos comparables en interés al delicioso del Pájaro Azul, de Mme. D'Aulnoy, y á La Bella y la Bestia, de Mme. de Beaumont. Son verdaderos cuentos para niños. Y doy fe de ello, porque sé de varios niños que los han leído con entusiasmo y sé de una señorita distinguida que se ha aburrido mucho. Una señorita distinguida es lo menos infantil que se conoce. Una señorita distinguida, si la dicen que puede tener hijos, suele exclamar: ¡Por Dios! Chiquillos, no. ¡Qué lata!
A señoritas de estas de ¡Qué lata! no hay que ofrecerles cuentos para niños. Con la conversación de algún joven, tan distinguido como ellas, tienen bastante pasto intelectual.
XLII
El príncipe de Mónaco es un príncipe dichoso. Su minúsculo Estado, el más pacífico del mundo. No agobian á sus súbditos contribuciones ni cargas. Su ejército es un elegante Cuerpo de Policía; sus barcos no son de guerra, son de paz, y su insignia, la más alta y más noble expresión de paz, la Ciencia.