En el Princesa Alicia no van, con el noble príncipe de Mónaco, ni el conquistador, ni el colonizador, ni el aventurero, ni el viajante de comercio, ni el deportista; va el sabio explorador de tierras y mares, sin otro interés que el estudio mismo.
Al contrario de otros príncipes, para este afortunado, el gobernar es un descanso. Por eso puede hacer del estudio su deporte.
Contra siete vicios hay siete virtudes en este mundo. Pero en los felices dominios de este príncipe, contra innumerables virtudes hay un solo vicio.
Él es fuente de prosperidad y bienandanza, él costea las exploraciones científicas, él permite en Exposiciones universales, al minúsculo Estado, tan lucido papel como á muchas grandes potencias. El amor á la Ciencia de un príncipe sabio contrapesa, muy justamente, grandeza y poderío de otras naciones.
Con todo esto, ¿no pudiera escribirse algo muy interesante sobre la moral de lo inmoral?
Como toda la moralidad de un Estado no puede ser, en resumidas cuentas, más que hipocresía, en los Estados moralistas son los trabajadores y los honrados los que vienen á pagar y á sostener vicios y holganza.
El Principado de Mónaco, sin hipocresía, logra algo más justo: el vicio tributario y el trabajo exento.
No hay persecución capaz de exterminar un vicio, como el vicio sea de los arraigados en la naturaleza humana. La persecución infructuosa sólo conseguirá añadir al vicio del vicioso el delito del encubridor: más repugnante todavía, cuando tras de encubrir, delata.
En cuanto á que no hay nada tan elástico como la moralidad, ¿es preciso insistir? Yo confío mucho en la discreción de nuestras autoridades. Pero, ¿se imaginan ustedes el contraste, si en estos días se le ocurriera á un delegado sorprender alguna partidita de juego?
El Gobierno, que honra, agasaja, condecora y recibe como se merece al noble príncipe, soberano dichoso del más dichoso Estado, no podría consentir esa inconveniencia.