¡Envidiable suerte la de este príncipe! ¡Ay! Tanto como él la Ciencia, amaría yo el Arte, si se me permitiera explotar siquiera una ruletita con un par de ceros.
A los partidarios de la pena de muerte les ha parecido crisis de sentimentalismo y aun de histerismo el movimiento abolicionista determinado con ocasión de recientes indultos.
Si á histerismo fuéramos, también pudiera haberlo sanguinario, y siempre sería más expuesto que el filantrópico y sentimental. Pero, ¿á qué agraviarnos mutuamente? Siempre habrá dos conceptos fundamentales de la vida: conservador y liberal. En el más amplio sentido de estas palabras.
El sentido conservador considera la vida con escepticismo oportunista. La humanidad es mala de suyo y las sociedades constituídas por los hombres adolecen de sus mismas imperfecciones. Siempre ha sido lo mismo y lo mismo será mientras el mundo exista. Es inútil aspirar á mejoría ó perfección.
Contra los perturbadores del orden social no hay más defensa que... defenderse. Contra los malos, el castigo. ¿La enmienda? ¡Ilusión, utopía progresista!
Este sentido es muy respetable, y más lo sería llevado al extremo. Supresión radical de cuanto hay de inútil, perjudicial y parasitario. A defenderse del criminal como del apestado, del inútil como del vago, del loco como del imbécil.
¿Quién sabe si esta despiadada selección no sería el medio más eficaz de cultura?
Pero hay quien considera, tal vez ilusionado, que el espíritu humano es perfectible y perfectible la vida, y perfectibles las sociedades. La historia conocida de la humanidad es de muy poco tiempo y son días los siglos de que podemos tener noticias, y aun esos bastan para decirnos que es hacia el bien el lento caminar y hacia la perfección todo el camino. Poco á poco y despacio, eso sí. El efectivo avance apenas responde al aliento espiritual.