El poeta del premio Nobel, en este año, Maeterlink, lo dice: «Para realizar siquiera un bien pequeño en nuestras acciones, hay que soñar con las más altas y generosas empresas de bondad.»
En cuanto á la parte de responsabilidad social, de solidaridad, mejor, en virtudes y en crímenes, ¿no habéis leído Resurrección, de Tolstoi?
Antes de juzgar debemos juzgarnos. Será la mejor lección de todo delito.
Consideremos el caso de Cullera. Ya parece lejano, como un suceso histórico. No puede haber ofensa para la memoria del juez cruelmente asesinado. Doy por supuesto que era el juez más íntegro, más justo, más digno. Lo era. Pero, ¿es siempre así? El que haya vivido algún tiempo en un pueblo, ¿sabe de las injusticias, de las iniquidades, de las tropelías de la justicia al servicio de los caciques?
Los pueblos sufren años y años, y en un día, por fin, se cobran, con aparente injusticia, quizás cuando menos debieran y en quien menos mal hizo, todas las injusticias padecidas... Hicieron mal, no hay duda. Pero, ¿dónde empezó el mal?
Eranse dos amigos, de los cuales el uno en cuanto ponía mano prosperaba y juntó un cuantioso capital en poco tiempo. El otro era tan desdichado, que el negocio más seguro acababa para él en un desastre. Por si su mala suerte consistía en ser más honrado en sus tratos que el amigo, se dejó de escrúpulos y quiso imitarle, por ver si se desquitaba. Todo le salía mal del mismo modo.
Un día jugaban al tute los dos amigos, mano á mano, y el infeliz no lograba baza, mientras el otro no dejaba de acusarle las cuarenta, más veinte, y vuelta á lo mismo, y así toda la partida.
El perdidoso bramaba y para sus adentros iba repasando su historia y la de su amigo, la sinrazón de sus malos negocios y los buenos del otro, las pillerías que al amigo le habían enriquecido y á él sólo le habían traído pleitos y disgustos. Y al fin, cuando una vez más le acusaba el amigo las cuarenta, se levantó, rojo de cólera, tiró cartas, mesa, sillas y luces y la emprendió á golpes con el ganancioso, gritándole:—¡Ladrón! ¡Pillo! ¡Granuja! ¡Si toda tu vida has sido lo mismo!
Nadie podía explicarse aquel arrebato; todos se lo afearon mucho. ¡Ponerse así porque le acusaban las cuarenta!