Pero una de nuestras autoridades se ha propuesto cumplir con la ley de protección á la infancia y ha prohibido la presentación de las discípulas de Loie Fuller en el teatro.

De todos los trabajos que puede hacer un niño, ninguno menos penoso que el de estas danzas. Nada más parecido á un juego infantil. Nada en ellas da idea de pena ó de esfuerzo.

La directora ha protestado contra esa medida de la autoridad. Es que está mal acostumbrada. Viene de otros países donde no se concede la menor importancia á los niños. Aquí no habrá podido ver niños abandonados por las calles, ni vendedores de periódicos menores de trece años expuestos al frío en estas noches de invierno y alternando con golfos y golfas de la peor especie. Y si recorriera esos pueblos de Dios, no vería niños y niñas, al sol de Agosto, en las faenas del campo.

Como nada de esto ha podido ver, comprenderá lo justo de la determinación al prohibir ese espectáculo de unas niñas sanas y alegres que, seguramente, no lo habrán pasado mejor en su vida.

Pero nuestras autoridades no se enteran más que de lo que pasa en los teatros. Verdad es que, cuando no se encuentre á una autoridad por esas calles, ya se sabe dónde hay que buscarlas, en los teatros del distrito.


XLIV

Como los encendedores mecánicos han obtenido tan general aceptación, y es de suponer que lo mejor de su clientela se halle entre las personas más liberales, por lo que tienen de novedad y adelanto, ó entre gentes inquietas y viciosas, por lo que tienen de azaroso, la caja de cerillas, orgullo de la fabricación española, ha quedado relegada á los fieles espíritus tradicionalistas, donde toda virtud y toda moralidad se asientan.

Reducido el consumo de las cerillas retrógadas á esta noble y severa parroquia, no es extraño que los fabricantes de cerillas cuiden la honestidad de los envases, como empresa de teatro aristocrático la honestidad de las comedias.