A un hombre muy inteligente le oí yo decir muchas veces que, para tratar en cualquier negocio, si había de ser un pillo, le diera Dios pillos muy pillos, que éstos, al fin, por interés propio, atinaban siempre con el interés ajeno. No como el pillo bruto—mezcla detonante,—que por quererlo todo para sí, malogra las mejores empresas.
Del mismo modo, ya que sea el egoísmo primer móvil de las acciones humanas, seamos de veras egoístas, y, por verdadero egoísmo, comprenderemos la conveniencia del bien ajeno. Por nuestra salud, nos cuidaremos de la salud de los otros; por nuestra seguridad, de su honradez; por nuestra inteligencia, de su cultura; por nuestra riqueza, de su bienestar. No es lo malo que seamos egoístas, sino que lo somos malamente. Los grandes bienhechores de la humanidad han sido los grandes egoístas. Querían un mundo mejor para vivir mejor ellos.
A los que no son egoístas, cualquier cosa les está bien y viven tan á gusto en una pocilga. Esos no moverán pie ni mano por mejor cosa propia ni ajena.
Nada más gracioso y artístico que las danzas de Loie Fuller y sus discípulas. Loie Fuller, inventora de la famosa danza serpentina tan copiada y tan imitada después, ha comprendido toda la verdad de la máxima de D'Annunzio: Renovarse ó perecer. Y si es cierto que en la parte física no ha podido contrarrestar el irreparable ultraje de los años, como dijo el trágico, en la parte artística, ya que no renovado del todo, ha rejuvenecido su arte con artísticas variaciones sobre el antiguo tema: «Bella forma mortal passa, é non d'arte», que dijo Leonardo, y adoptó después por lema el mismo Gabriel D'Annunzio.
Loie Fuller, con sus vaporosos contornos de nube, de llamarada, de viviente flor, de mariposa, con sus combinaciones de luces y colores, ha sido una gran innovadora en arte. Con especialidad, en el arte decorativo llamado modernista. La moda femenina también ha encontrado en ella atrevidas inspiraciones coloristas.
En el arte de la danza, su influencia ha sido decisiva. Loie Fuller, según ella misma refiere, halló en la India la inspiración de sus bailes. Hoy todo el moderno arte del baile busca en la antigüedad ritmos de líneas y colores. Y son Isadora Duncan, Maud Allens, Regina Budet, Ida Rubenstein, la Truhanowa, Tórtola de Valencia, toda una pléyade de bailarinas, evocadoras de las antiguas danzas de Grecia y de la India, danzas religiosas, sacerdotales, de iniciación y de misterio.
Unas por instinto, otras por arte. La mujer es siempre vaso de elección, propicio al hervor del fuego sagrado.
El baile moderno ha dejado de ser acrobatismo. Hoy pueden danzar las bailarinas con los pies desnudos; las bailarinas más famosas de antes no hubieran podido mostrar sus pies, atormentados por el horrible ejercicio al bailar sobre las puntas de los dedos; pies que habían perdido su forma, ensangrentados muchas veces al cabo de horas y horas de ensayos mil veces repetidos para lograr fuerza y agilidad. ¡Las vueltas de cintura de la Pinchiara, los punteados de Rosita Mauri! Todo ello pasó para no volver, hasta que de puro viejo sea antiguo, que la antigüedad es la juventud de las cosas viejas.