Ya Francia con su París no nos dicen nada; ya sólo creemos, todo lo esperamos de la que fué reina de los mares y aspira á serlo de las tierras. La ballena (por algo es mamífero) pretende ser anfibio.
Pidamos que nuestra suerte sea á lo menos la de Jonás en el vientre del enorme cetáceo: fué devorado, pero salió incólume. Y si algo ha de sucedernos con el cambio de vida, que no pase de dar que reir, ó todo lo más, de una tos perruna, como en mis amigas las madrileñitas cursis, á las que sienta lo inglés como es posible que nos siente á todos. No tenemos físico para ello.
Por fin la lluvia. En Madrid, salvo por razón de salud pública, se recibe como quien oye llover. Pero en esta pobre aldea donde ahora escribo, es una fiesta para todos; la gente canta, baila, todos los ojos se vuelven al cielo y el agua corre por los rostros curtidos mezclada con lágrimas de alegría. Era la ruina y la miseria, y hoy es la esperanza.
En Madrid, los abastecedores cuidan amorosos como padres de no bajar el precio del pan en los años buenos para que no sea tan sensible la subida en los malos. De este modo, nos preocupamos poco de las cosechas. Pero aquí el pan es el verdadero pan de comunión, el pan de vida que es toda la vida. En familia se sembró el grano, en familia se labró la tierra, en familia se recogió el fruto, y en familia se muele el trigo, y en familia se amasa la harina, y en familia se cuece el pan que en familia se come; y el pan, que es casi un adorno en la mesa de los ricos—la última moda es servir muy poco, y lo más chic dejarlo casi intacto, leo en unos avisos del buen tono,—es aquí todo el alimento y su carestía es el hambre para los que muchos días sólo pan comen.
Por eso el más incrédulo ó para rezar ó para maldecir, pero esperando de la súplica ó de la amenaza, vuelve los ojos al cielo cuando pasa la imagen santa en rogativa y mujeres y niños cantan:
¡Virgen, madre nuestra, Virgen del Rosario, envíanos agua para nuestros campos!
y luego, en estrofas de dulce espíritu franciscano, piden por sus ganados también, y la voz de los niños tiembla al cantar: «Los corderitos se mueren de hambre ...» Porque no serán sólo los corderitos, serán ellos también los que tendrán hambre. ¡Oh, madrileños, vosotros no sabéis que la lluvia puede hacer llorar de alegría!
La lluvia, que puede suspender una corrida de toros, es necesaria para que los toros se críen lúcidos y pujantes.
Pensad en esto y os alegrará también la lluvia como á las pobres gentes de la pobre aldea.