—¿No les parece á ustedes como á mí, que para anarquismo es poco y para separatismo sería demasiado?

Y hubo un silencio que si no fué de aprobación, fué por lo menos de solidaridad.


Entre los colores que la moda femenina ha impuesto en esta temporada, hay uno que me seduce sobre todos: el color de humo; el color de humo es adorable. Couleur fumé, digámoslo en francés, que es el lenguaje de la modistería universal, como lo es de la diplomacia, y ya que en modistería y en diplomacia de fuera ha de venirnos siempre la moda.

Dos tendencias opuestas dominan en el vestir de las mujeres: el género sastre, vestimenta práctica para la calle, que es democrática, y tanto quiere serlo que no se contenta con nivelar las clases, sino que pretende nivelar los sexos. El gabán con vuelo y pliegue Watteau masculino, y la falda redonda, troteusse, femenina, son una verdadera entente cordiale de sastres y modistos.

Pero en la casa, en los salones, en el teatro, triunfa por contraste en la toilette de las mujeres, lo dulcemente femenino. Nunca más delicada, más tenuemente vestidas, ¿vestidas? No es exacto; envueltas apenas, acariciadas en la suavidad de gasas, tules y encajes y telas flexibles, ondulantes, de matices descoloridos, esos tonos al pastel, inconsistentes como pelusilla de alas de mariposa, como el polen de las azucenas. No son aquellos terciopelos y brocados y rasos que se tenían de pie, según ponderaban nuestras abuelas; aquellos trajes de aparatoso señorío que podían transmitirse de madre á hijas en cinco ó seis generaciones. Estos de ahora son gala de una noche, efímeros como flor ó mariposa, no admiten reformas ni composturas, sus telas diáfanas, no se cortan, se cortiquean; no se cosen con aquel fuerte pespunteado de la clásica costura española, se hilvanan ó se prenden de alfileres. Un pisotón es bastante para destrozar una de estas envolturas de ensueño que costó cuatro ó cinco mil francos; su misma fragilidad es la mejor defensa de otras fragilidades. ¿Qué mujer se dejará acariciar con pasión con uno de estos trajes? Ya eran nube, espuma, flor y mariposa, y ahora, con el color de moda, son algo más tenue, más vaporoso, son humo. ¿No es el color de nuestro tiempo? Humo por todas partes. De la riqueza de las naciones es señal el humo de sus fábricas, de sus trasatlánticos, de sus ferrocarriles; de su poderío, el humo de sus acorazados; con el automóvil triunfa también el humo, porque el automóvil pasa pero el humo queda. Si el siglo xix pudo llamarse de las luces, ¿no puede llamarse este siglo xx el de los humos? Los humos de aquellas luces que no brillaron tanto como había derecho á esperar.

Yo os digo que hay trajes de mujer que son una verdadera obra de arte; pero si un traje de estos es además de color de humo, ¡oh! entonces ya es filosofía.

VIII