Sucede como en esas pandillas de estudiantes mozalbetes que emprenden reunidos la conquista de alguna agraciada muchacha, y reunidos la siguen y reunidos le pasean la calle y entre todos se escribe una declaración, y cuando la favorecida, naturalmente, desea saber en quien ha de fijarse, ó concluye aquel amor colectivo como por encanto, ó se destaca uno más resuelto á terminar por su cuenta la conquista. Y entonces los demás le llaman mal amigo.
Baby es terrible; tiene unas ocurrencias que dejan parado á cualquiera; sus padres no saben á quien ha salido. Sus papás son dos jóvenes, aristócratas de abolengo ilustre, que de sobremesa íntima tijeretean á los amigos sin preocuparse por la presencia de Baby, muy entretenido en enseñar las estampas de una ilustración extranjera á un tremendo danés que no parece muy interesado por los sucesos mundiales.
Los papás hablan de unos parvenus con flamantes títulos adquiridos en Roma, y ríen á su costa.
Baby pregunta muy grave:
—¿Quién es más, el Rey ó el Papa?
El padre se hace el desentendido, esta afiliado á una de las cuarenta y nueve fracciones liberales.
La madre se cree en el caso de afirmar sus sentimientos católicos, y contesta sin vacilar:
—El Papa, hijo mío.
—Entonces, ¿por qué os burláis de los títulos pontificios?