Las buenas hadas de los infantiles cuentos madrinas en todos los bautizos de príncipes, con sus carrozas voladoras y su cortejo de elfos y silfos, minúsculos y alados, ya se apresuran para llegar en torno de la regia cuna á predecir felicidad; y el hada de la Poesía, la que tiene su reino en un rosal silvestre enrejado de zarzales, la que ni adula ni miente, sólo te dirá: Príncipe ó princesita; cuando todas las hadas con su lenguaje cortesano te predicen venturas, yo sólo te compadezco; te compadezco, por el odio y la envidia que zumbarán alrededor de tu cuna, sólo por ser regia, cuando todo es amor sobre cunas humildes; te compadezco por los preceptores que atormentarán tu inteligencia para cultivarla como flor de invernadero, sabedora de muchas ciencias, ignorante de la vida; por las adulaciones cortesanas que interpondrán siempre el velo encantado de Maya entre tus ojos y la verdad; por tus pasos, siempre vigilados; por tus acciones de todos sabidas, y cuando no sabidas, calumniadas; por tu corazón, del que dispondrá la razón de Estado; por toda esa esclavitud de los reyes y de los príncipes, que os hará sonreir con amargura cuando sepáis que vuestro pueblo pide libertad. ¡Libertad, que para vosotros quisierais! Y por todo esto, cuando todas las hadas con su lenguaje más cortesano te predicen felicidad, el hada de la Poesía, la que tiene su reino entre los rosales, enrejados de zarzales, el hada libre que ni miente ni adula, con todo su corazón compadece.
La fiesta de San Isidro es como la poesía lírica eminentemente subjetiva. Hallar motivo de esparcimiento en un paisaje risueño, á la sombra de árboles frondosos, sobre prados amenos y por fondo montañas siempre verdecidas y más lejos otras que azulean, no tiene gracia alguna: la decoración pone la mejor parte. Lo admirable es hallar ocasión de regocijo en un erial con cuatro estaquillas hojosas por toda vegetación, entre sucios tenderetes, mendigos harapientos, y allá arriba, como aviso supremo de un triunfo final de la muerte, digno de figurar entre los frescos del Camposanto de Pisa, la vista de los cementerios.
Sólo un pueblo como el madrileño es capaz de poner alegría sobre todo esto; esa alegría que tanto desconcierta á los extraños, que quieren persuadirnos de que no es tal alegría. Bien esta, será humorismo si ustedes quieren; pero es la misma que ríe del hambre, de la suciedad y de la truhanería en nuestras novelas picarescas; es la misma que ríe en los mendigos de Velázquez y de Goya, la misma que se desborda en la Plaza de Toros entre horrores de sangre y peligros de muerte; alegría que solo puede comprender el que sienta la espiritualidad de esos ascetas atormentados de los cuadros del Greco, alegría que no comprenden los extraños, porque es la alegría del «no importa», ese no importa que es toda la filosofía del alma castellana.
Somos pobres, nuestra tierra es triste, sabemos que hemos de morir, después ... nada sabemos; se reza ó se blasfema, según las horas; pero como no pedimos razón para vivir ni para alegrarnos en la vida, tampoco la pedimos para morir cuando es preciso; ya supo decirlo el pueblo del Dos de Mayo; el mismo que acude á la fiesta de San Isidro á divertirse de su propia alegría, en el erial desolado, entre mendigos harapientos y á la vista de un Camposanto.
Después del éxito comercial de la exposición de automóviles, en la que apenas queda coche sin vender, empezamos á ser distinguidas las personas que nos hemos quedado sin comprar uno. Por llegar tarde, no por otra cosa, porque según los jaleadores del democrático sport, el que no tiene auto es porque no quiere.
Hay coches baratísimos, el verdadero carro do povo, como llaman en Portugal al tranvía; el sostenimiento insignificante, los chauffeurs de balde, un apostolado por vocación, los neumáticos irrompibles, ¡Y los encantos del auto! ¡Higiene, cultura, poesía! ¡El aire libre de campos y montañas, la geografía y la topografía aprendidas del modo más fácil y práctico!... ¡El amor sano al paso! ¡Y qué paso! Aquí, sin exagerar, bien puede sentirse en Cádiz repercutir un beso dado en Cantón.
Pero digan lo que quieran los propagandistas del automóvil como panacea, no es su ejercicio muy propicio á los amores; desgasta mucha fuerza nerviosa y absorbe la atención demasiado. El juego, el automóvil y las corridas de toros, son los más terribles rivales de las mujeres. Un hombre sentado á una mesa de juego ó con el guía de un 40 H. P. en la mano ó sentado en una barrera de la plaza, ante una faena de Bombita ó de Machaquito, es insensible á las seducciones femeninas. Las mujeres lo saben; por eso, ya que no pueden competir con esas tres grandes aficiones de los hombres, han decidido compartirlas con ellos; y cuando una mujer sale jugadora, automovilista ó aficionada á toros, que se quiten todos los hombres, con la ventaja para las mujeres de que ellas pueden llevar su pasión al extremo: en el juego, hasta el croupier; hasta el chauffeur en el automóvil, y en los toros hasta el torero.