Sobre la Sierra han puesto sus grandes patines dominadores. Bien está que se expongan por gusto á romperse la cabeza en un ejercicio tan saludable y tan útil en España; pero ¡exponerse, por sensiblerías impropias de hombres fuertes, á contagiarse de tuberculosis! Una cosa es tener valor ante un riesgo seguro, y otra ante un riesgo imaginario. Sí sabe uno cómo puede matarse, pero ¡cómo puede morir!

En este caso, los higienistas se ven combatidos con sus propias armas. ¡Se ha exagerado tanto el peligro de los contagios! Ya es casi heroísmo acercarse á un enfermo.

Lo que debieron considerar esos intratables deportistas opuestos á la construcción del Sanatorio en el Guadarrama es que, más vale prevenir y curar á los tuberculosos en un Sanatorio apropiado, que no vivir de continuo entre ellos sin medios de evitar el contagio. ¿Es el nombre lo que asusta? Pues si en el edificio de la Sierra puede escribirse: Sanatorio, por todo Madrid puede escribirse: Foco. Véase lo que es preferible y dónde es mayor el peligro.


VII

Es la Academia Española institución tan aristocrática y conservadora, que tiene á gala no dejarse guiar en sus acuerdos y en sus determinaciones por nada que trascienda á dictado de la opinión pública y democrática. Por esto, tal vez sea contraproducente el movimiento general de la opinión á favor de la candidatura de la condesa de Pardo Bazán para ocupar uno de los sillones académicos vacantes.

Aunque tanto blasonan de su mayoría, cuando les conviene, es axioma de nuestras clases conservadoras que la mayoría no tiene razón nunca. Pero es, claro está, cuando se trata de la otra mayoría. En España, tratándose de literatura, la mayoría, por desgracia, es una mayoría relativa, que solo puede considerarse mayoría como D. Hermógenes consideraba numerosos los tres ejemplares vendidos de El cerco de Viena, con relación á uno. La opinión general ¡se interesa tan poco por estos asuntos! Tener cinco mil lectores en España, ya es ser un escritor popular. Como nuestro poeta más popular hemos celebrado siempre á Zorrilla, y, aparte Don Juan Tenorio, ¡cuántos de los que conocen la obra ignoran el nombre de su autor! De sus restantes obras, ¿qué razón puede dar el pueblo, lo que se llama el pueblo?

La Academia Española debiera, pues, atender de vez en cuando indicaciones de la opinión, sin temor á verse atropellada por el vulgo y mucho menos por el populacho. Los que se preocupan en España por la literatura, aun los más vulgares, ya constituyen una aristocracia.

En el caso de la condesa de Pardo Bazán no podrá atribuirse la demanda á espíritu sectario de ninguna clase. La condesa de Pardo Bazán ha sido siempre una gran señora de las Letras, y ya que tan mal parece á nuestras clases conservadoras el escritor metido en política—cuando esta política no es la suya, por supuesto, pues á los suyos bien les celebran el civismo y la literatura,—no se dirá en esta ocasión que la política y el sectarismo y las pícaras ideas desnaturalizan el puro desinterés artístico de lo solicitado.