Las jóvenes de ahora no besan á los poetas ni los tienen por santos, y á los santos tampoco los besan, se los comen. Como no ande en ello batuta eclesiástica, poco puede esperarse de las damas aristocráticas y de las jóvenes distinguidas.

De este modo, como decía Hamlet, bien puede asegurarse que la memoria del más ilustre hombre vivirá cuatro días, y eso si fué fundador de iglesias, que si no, podrá decirse como del caballito de palo se canta:

¡Ya murió el caballito de palo,

y ya le olvidaron así que murió!

Sería muy triste que sólo contribuyeran los hombres al monumento que ha de perpetuar las glorias del poeta de las mujeres, del que poetizó el dolor en femenino con nombre de dolora.

Andrés González Blanco ha redimido culpas de la juventud literaria de nuestros días con un magistral estudio sobre Campoamor; libro de crítica seria, sin impresionismos, sin nerviosidades; un estudio todo serenidad, como corresponde á uno de los pocos poetas españoles del siglo xix, que ha de hallar, por lo menos cada veinte años, un crítico de entendimiento que lea sus obras y sepa imponerlas á la admiración de los que no leen.

En España, este público que no lee nunca es el que más sostiene el esplendor de las glorias literarias; como la multitud que nunca piensa, el esplendor de las religiones.


Los deportistas de nuestra Sierra del Guadarrama se oponen á la construcción de un Sanatorio para tuberculosos.

El deportista ha leído á Nietzche; el deportista no tiene compasión. Como aquel hombre frío, del que habla Wordsworth en una poesía, capaz de estudiar botánica sobre la sepultura de su madre, el deportista considera el mundo como un inmenso campo de recreo. Si su afición es el automóvil, quisiera que el mundo fuera una inmensa carretera asfaltada y que hasta los cráneos de los transeuntes fueran de asfalto para deslizarse con suavidad sobre ellos.