Hoy su influencia no es tan notoria, las novedades teatrales que pueden ofrecernos son pocas, y el interés por asistir á sus representaciones se limita al aprecio del mérito personal de los actores.

Lyda Borelli es la actriz italiana de este año. Llega la última, sin novedades llamativas en su repertorio, y lucha con desventaja en el terreno ocasionado de las comparaciones. Pero su figura, su arte, son tan personales, es tan ella, que la comparación más inevitable se desvirtúa. Lyda Borelli es la última... como el último amor, que nos parece el primero.

En esa melo-comedia de Zazá, que es á La dama de las camelias lo que la República francesa es al Imperio, en lo social y político, y lo que Zola es á Víctor Hugo, en imperios y repúblicas literarias, Lyda Borelli consigue, con ser obra de tantos recuerdos, que no recordemos á ninguna otra actriz; y esto, sin preocuparse de no recordar á ninguna, sin rebuscar nuevos efectos ni caer en extravagantes originalidades. La mayor originalidad de Lyda Borelli es ésa: que no pretende ser original.

Y, por eso mismo, lo es, del único modo que se puede ser original en Arte: por sentimiento propio, íntimo.

Lyda Borelli, sobre todas las excelencias de su arte, posee la gracia; la gracia, en el sentido artístico de la palabra, más cerca del teológico que del vulgar significado. Es la gracia, ese don de esclarecerlo todo, de ver alegría hasta en la tristeza; en una armonía de la inteligencia y del sentimiento, que siempre es claridad.

Esa gracia que es todo el arte griego y pone la divina alegría de comprender sobre el humano dolor de sentir; como la serenidad del mármol, en la escultura, ennoblece el dolor inquietante de la carne.

El arte de Lyda Borelli culmina en Salomé, de Oscar Wilde.

Ella consigue lo que no pudo conseguir el desdichado poeta inglés en su obra ni en su vida: con nervios modernos, actitudes esculturales.