Los actores italianos han sido siempre los que mejor han realizado el ideal de la representación escénica: verdad en la poesía y poesía en la verdad.

Este era el arte de sus grandes trágicos: la Ristori, Salvini, Rossi. Este es el arte de sus modernos comediantes.

Lo extraño es que, tierra de admirables actores, no lo haya sido de grandes autores. Italia no ha tenido un Shakespeare, un Calderón, ni siquiera un Molière. Sus actores, más que del teatro patrio, han sido por todo el mundo mensajeros y vulgarizadores del teatro de Shakespeare y del teatro francés.

La Ristori apenas representaba obras italianas: Medea, Fedra, María Estuardo, Macbeth eran las obras de su repertorio. Alguna tragedia de Alfieri, como Mirra, y la Francesca de Rimini, de Silvio Pellico, eran las únicas obras italianas de su repertorio.

Salvini y Rossi eran los intérpretes de Shakespeare.

Virginia Marini, con su excelente compañía, la mejor compañía italiana que hemos visto en Madrid, en la que figuraban segundas actrices que luego fueron eminentes y primerísimas, como la Vitaliani, la Reiter y la Belli-Blanes, y actores como Ceresa, Cola, Vitaliani y Zoppetti, nos dió á conocer el repertorio, antes modernísimo, de Sardou y Dumas, hijo: Dora, Fernanda, Rabagás, Demi-monde, Monsieur Alphonse, La princesa Jorge, etc.

Estas obras parecían la última palabra del realismo en el teatro. La falsedad esencial se ocultaba bajo la minuciosidad de los detalles y el verismo de la presentación escénica. Los árboles no dejaban ver el bosque.

Después de Virginia Marini fueron la Pía Marchi, Novelli; después la Mariani, Zacconi, la Vitaliani, Tina di Lorenzo, y entre ellos Emmanuel con la Glech, primero, después con la Reiter, y, sobre todos, la Duse incomparable: la divina y la humana, dolorosa del Arte, cuerpo de nube fulgurada por intensa luz espiritual, resplandeciente en relámpagos de pasión ó ensombrecida de tristezas profundas como la noche sobre el mar.

Todos estos actores han influído con su arte sobre nuestros actores, sobre nuestros autores y sobre nuestro público. Han sido educadores de nuestro gusto y vulgarizadores del teatro extranjero. Gracias á ellos, nuestro público sabe que hay algo mejor, algo lo mismo, y mucho, también, peor que lo nuestro.