Los países meridionales, tan calumniados por las personas serias, ejercen una gran atracción sobre los artistas y los escritores del Norte. Italia, España, su Arte, su Historia, son de continuo estudiados por ingleses, alemanes, rusos y escandinavos.
Ahora es el dinamarqués Joerguensen, enamorado de San Francisco de Asís, peregrino fervoroso por los lugares que en su vida recorrió aquel caballero andante de Cristo, vestido el sayal de la fuerte humildad por toda armadura.
Es el sueco Bratli, estudioso investigador de la vida y la obra de Felipe II, con imparcialidad desacostumbrada en autores extranjeros, y aun nacionales, al tratarse de rey tan desgraciado con los historiadores como con los novelistas y autores dramáticos.
De estos últimos, el que le ha presentado con menos sombríos colores ha sido el más cercano á sus días, el español Enciso, en su comedia El príncipe Don Carlos.
El escritor sueco, en su monografía, pretende, y no en vano, esclarecer la sombría figura del monarca español, tan mal estudiada y comprendida por sus apologistas como por sus detractores.
Se considere la Historia como Ciencia ó como Arte, sólo cabe poner en ella el calor de una pasión, la pasión por la verdad.
La obra de Bratli debe ser agradecida por los españoles. Nuestra Historia corre por el mundo en libros extranjeros y en libros casi siempre inspirados por odios y antipatías. Diríase, al leerlos, que sólo en España hubo Inquisición; que sólo en España hubo persecuciones religiosas, cuando fué, en realidad, donde hubo menos; que sólo España conquistó y colonizó cruelmente, y que sólo la Ciencia y las Artes españolas padecieron bajo la presión de la Iglesia y del Poder real. Y no es lo malo que los extranjeros hayan contado así nuestra Historia; lo peor es que nosotros la hemos aprendido también en sus libros, sin tomarnos el trabajo de aprender las Historias de otras naciones, para comprender cómo, calumniados y todo, la nuestra no desmerece nada.
Felipe II era el soberano más noble, más culto y más humano de su tiempo. Su mayor defecto fué el que tan donosamente le señaló don Juan Valera: el de ser un tanto engorroso. Y esto fué lo que alabaron en él de prudencia.
El alcalde de Madrid se ha creído en el caso de amonestar al concesionario del teatro Español, el sabio doctor Madrazo, por la baratura del precio en las localidades.