XVI

Los Museos de cuadros antiguos tienen algo de panteón. Un cuadro sólo parece animado con vida propia como acorde justo en toda una armonía de ambiente. El retrato del noble caballero ó de la dama infanzona, en la sala señorial de linajudo palacio, entre sillones y escaños de roble, mullidos de terciopelos ó damascos desvaídos; entre tapicerías heráldicas, candelabros de plata ó de hierro forjado, armaduras enmohecidas y códices miniados. La pintura religiosa de atormentado ascetismo, á la indecisa claridad de lámpara votiva, en un rincón de alguna antigua iglesia ó convento pobre. La pintura religiosa risueña, de vírgenes y niños de Dios familiares, divinizados por gozosa humanidad, en altares acariciados de sol, en iglesias muy blancas, de algún convento de monjitas más hacendosas que rezadoras; hadas de santidad con manos milagrosas para confituras, bizcochadas, bordados al realce y randales sutiles como vilanos ó telas de araña. Las triunfantes alegorías, entre mitológicas y caballerescas, con su trompetear de oros y púrpuras, en la amplia galería del alcázar, frente á los ventanales que dominan á la ciudad de leyenda.

Fuera de su lugar son los cuadros vago contorno espectral sin vida. Siquiera en los Museos dice la tumba, que es cada cuadro, un nombre glorioso. Y el nombre evoca un recuerdo vivo en nuestra memoria, y no es todo muerte.

Pero estas Exposiciones de cuadros modernos son aun más tristes. Si nos ponemos en la realidad, parecen almacén y dicen comercio. Si poetizamos, son como galería de nichos; pero con nombres que no dicen glorias; sólo dicen muerte, con la frialdad de una estadística.

Y uno por uno, en adecuado lugar, en propio ambiente, es posible que todos los cuadros estuvieran bien. Figuraos una Exposición de niños: al verlos allí solos, ante las miradas curiosas, indiferentes del público, no pensaríamos en que era alegría de una casa; pensaríamos en la Inclusa. El Arte necesita un calor que no puede hallar en las Exposiciones. Todo parece allí muerto ó abandonado, y, con la multitud de sepulturas, todo va en el recuerdo al hoyo grande.

Cuando la Exposición haya terminado, el Arte reconocerá á los suyos, como Dios en la matanza de hugonotes.


Los sultanes de Marruecos serán muy brutos, pero no tienen nada de tontos. Cuando se hallan muy empeñados, en toda la magnitud de la palabra, corte de cuentas, borrón y... sultán nuevo. Como su dulce hermano, cuando se vió metido en el callejón sin salida de la Conferencia de Algeciras, Muley Haffid, acorralado por los franceses, tira por la calle de en medio y les deja con tres palmos de narices. Esta insolvencia—también en toda la extensión de la palabra—supone mucho trabajo y mucho dinero perdidos para los franceses. La diplomacia marroquí es única en el arte de no pagar al casero. Aunque, en este caso, el casero era el sultán y su arte ha sido el de quedarse con la fianza y el mes adelantado por un inquilino que está pagando el alquiler bastante caro.