XIX

Doña Sol Rubio, hija del eminente fundador del Instituto Rubio, me pide en carta abierta rectificación de algunos errores en que incurrí, por equivocados informes, al relatar los hechos que dieron ocasión á disidencias en dicho Instituto.

No fué descortesía mi retraso en acusar recibo de tan atenta carta, sino el deseo de rectificar en esta misma sección.

Lo de menos eran los hechos en mis apreciaciones. Pero, en fin, conste que los cumplidores de la voluntad del doctor Rubio no podían admitir la asistencia de hermanas de la Caridad, por oponerse á ello la voluntad del fundador. Fueron, pues, las damas del Patronato las que propusieron la asistencia mixta de hermanas y de enfermeras.

Lo importante era consignar que bien estaban unas y otras, como todas cumplieran con su deber.

Al decir laicas á las enfermeras, sólo quise significar el no hallarse sujetas á la regla de una Hermandad religiosa, sin poner en duda su catolicismo. Por más que yo nunca haya creído que la caridad y, sobre todo, el cumplimiento del deber sean patrimonio de una religión determinada. Sin desconocer tampoco que en nuestra santa religión católica resplandecen como en ninguna otra las más altas virtudes.

¿Estamos todos contentos?


La noche del miércoles pasado fué de fiesta mayor en casa de Joaquín Sorolla. Se obsequiaba á Mr. Huntington, hispanófilo americano, meritísimo de cuantos honores pueda España ofrecerle.

La casa de Sorolla es un palacio del Arte, tan á la española trazado, que allí la suntuosidad no es soberbia ostentación, sino hidalga limpieza. Antes que el palacio os admire os acaricia el hogar, y antes que las maravillas del Arte absorten vuestros ojos el amor y la paz familiares ungieron de buenos pensamientos vuestra frente. Por inquieto y perturbado que esté nuestro espíritu, cuando nos hallamos entre gentes buenas y dichosas nos sentimos también dichosos y buenos, como si las alas de nuestros ángeles custodios, los que nos guardaban de niños, volvieran á traernos nuestra inocencia.