Antes de fallar en el segundo concurso—vea otra anomalía—se convocó para el tercero. Al terminar el plazo de admisión—el 4 del pasado Febrero—sólo había presentadas 46 obras. Esta progresión descendente significa mucho también. Estamos á fines de Junio, esto es, han transcurrido cinco meses, y ni hay fallo, ni se sabe si hay Jurado, aunque en el Ayuntamiento son pródigos en dar noticias hasta de lo que pasea cada concejal.

¿Considera usted justo hacer una excitación al Ayuntamiento, encaminada á que se sepa lo que ha sido de esos originales y á evitar que, una vez más, se esterilice la iniciativa con un fallo en exceso tardío?»

Queda complacido el comunicante. Muy razonables me parecen sus quejas; pero ¡ay! ¡si el concursante de buena fe supiera lo que es ser Jurado, también de buena fe, en uno de estos concursos! Por haberlo sido en varios, no tengo ninguna fe en sus resultados.

Cierto que los autores desconocidos dirán: Y ¿cómo hemos de darnos á conocer? Hay que ser algo fatalistas: lo que ha de ser, está escrito, y cuando está bien escrito... es siempre. ¿Que puede existir algún talento ignorado? Es posible. ¡Dichoso él, que, al verse desconocido, llegará á dudar de su talento y podrá creerse tonto... y ser feliz!


El cultísimo escritor Bernardo Cándamo abre información sobre la conveniencia de establecer la previa censura teatral.

Un exceso de celo del jefe superior de Policía ha dado ocasión á que se discuta de la moral y del arte.

De todo ello podrá discutirse, como de las ventajas y desventajas de la previa censura. Lo que está fuera de discusión es que un jefe de Policía, de no producirse alboroto ó grave escándalo en el teatro, no es quién para juzgar de moral ni de arte, cuando ni artistas, ni críticos, ni filósofos han logrado dictaminar de acuerdo en tan ardua materia.

La vulgar opinión entiende por inmoral en arte algo que muchas veces nada tiene que ver con la moral, en el más alto sentido de la palabra. Hay quien se escandaliza en el teatro por algo que bien puede calificarse de «mera porquería», como un ingenio peregrino calificaba en picarescos versos algo que otro, no menos peregrino, diputaba por pecado nefando.

En cambio, obras que pueden ser antisociales, demoledoras ó tal vez peligrosas por inoportunas, no pasan por inmorales ni dan ocasión á que se alarmen los jefes de Policía.