Estas otras, que tanto alarman á los pudibundos, me parecen la suprema inocencia, y el público que con ellas se regocija de una simplicidad infantil. Considérese que toda la gracia del espectáculo consiste en que nos digan ante centenares de personas lo que estamos aburridos de oir en reducidos grupos. La novedad no está en lo que oímos, sino en oirlo delante de mucha gente. Ya sabemos lo que ha de parecemos á nosotros; la picardía está en averiguar lo que les parecerá á los demás.

Obsérvese al espectador durante la representación de una de estas obras «inmorales». Más que á la escena, atiende al público. No dirá nunca: ¡Cómo me he reído!, sino: ¡Cómo se reían!

El efecto cómico de este género es el mismo que se logra en cátedra ó en el salón de sesiones con un chiste malo que en los claustros ó en el salón de conferencias no tendría maldita la gracia.

¿Previa censura? Voto en contra. En España estaría supeditada á todo género de pasioncillas, caprichos y arbitrariedades, sin contar con la influencia de los cambios políticos.

Y no sería la censura conservadora la más temible. Sabido es que los liberales son los que aquí se toman mayores confianzas con las libertades.

Hay una solución productiva. Este género alegre no es más nocivo que el juego. ¿Por qué no gravarle con un impuesto especial? Es el mejor partido que puede sacarse de todo lo malo. ¡Ay! ¡Menos de los malos Gobiernos!


XXI

Las únicas cartas anónimas insultantes que recibo proceden de furiosos aficionados á toros, cuando me permito atacar la sublime fiesta. Como el blanco de mis tiros, más que la fiesta misma, ha sido siempre su público, claro está que esas cartas llenas de improperios vienen á confirmar lo que pienso respecto á los furibundos aficionados á toros. Escriben como van á la Plaza. Son ellos, los mismos, los de las almohadillas al redondel y los insultos á los lidiadores que arriesgan su vida, y sólo por esto, ya merecen el mayor respeto.