En justa compensación recibo otras muchas cartas que bastarían á sostenerme en mi empeño, si yo lo tuviera en combatir contra las corridas de toros. Pero siempre he juzgado ineficaz toda predicación destructora. En la vida no se destruye nada. Las cosas desaparecen por sí solas cuando deben desaparecer. Es decir, cuando se ha edificado lo que debe sustituirlas. No es la labor negativa de clamar contra las corridas de toros lo que puede ser provechosa, sino la paciente labor de promover en las gentes más nobles aficiones.

Entre las cartas agradables recibo una, firmada por un madrileño, solicitando mi atención sobre un niño, verdadero «fenómeno»; así dice, con razón, la carta.

Ese niño, fenómeno en España, se halla en el Asilo de la Paloma, quiere y cuida á los pajarillos y ha llegado á inspirarles á su vez tal cariño que, cuando sale por los patios y jardines, le siguen en bandadas, se posan confiados en sus manos y sobre sus hombros y, á su modo, le saludan y le agasajan.

Esto, que en otras partes del extranjero es cosa corriente; que en las vidas de santos, como San Francisco de Asís y San Antonio de Padua, pasa por milagroso; que Murillo juzgó como suprema bondad infantil, al mostrarnos en su cuadro de La Sagrada Familia, conocida por la del pajarillo, al niño Jesús en actitud de defender á un pájaro del gozquezuelo que le espanta con sus ladridos, en un niño español es más que milagroso por lo inaudito.

Cuántas veces he visto con pena, porque pensaba en los niños y en los pájaros de España, en paseos y jardines de París á los niños rodeados de pájaros. Los pájaros eran como los nuestros. ¡Eran los niños los que no eran iguales! Aquí el niño es el enemigo, el hostigador; allí era el buen amiguito, el esperado con impaciencia. Y nada excede en poesía á la realidad cuando compone estos cuadros. Cuando el arte, al imaginarlos, no pudo inspirarse en ella, nos parece arte falso y sensiblero.

Nuestro arte, si quiere ser realista, por fuerza ha de ser duro y seco. ¿Dónde están las inspiraciones de dulzura en nuestra realidad?

Los que no sentimos la poesía de lo violento, ¿no hemos de agradecer á ese niño su inspiración piadosa?

¿No habrá quien le premie por ella? ¿No ha de merecer la atención que no le hubiera faltado de ser un precoz criminal?

El nombre de ese niño es Francisco Pancorbo, como dije, asilado en la Paloma. Los amantes de los niños, ¿no harán algo en favor de ese niño bueno? No estaría bien que se anticiparan los protectores de los pájaros á recompensarle.