Cuando la política apesta—y nunca apesta como al convertir en cuestión política la que debiera ser cuestión nacional,—el único desinfectante eficativo es volver los ojos á otras manifestaciones de la actividad: á las corrientes aguas, donde va la vida española por más ancho cauce.
¡Si atendiéramos sólo al salón de sesiones del Congreso! ¡Si todo fuera como la política en España! Por fortuna, fuera de ella, á despecho de ella, casi siempre se trabaja, se camina y se progresa. Siempre que nos sorprende alguna novedad agradable es algo que no se ha discutido en las Cortes ó que pasó por ellas en silencio, en un renglón de los presupuestos; esos presupuestos que nadie discute, cuya enunciación basta para despejar la Cámara de diputados y de curiosos.
La admirable instalación de telegrafía sin hilos, en Carabanchel Alto, es una de estas gratas novedades confortadoras.
¿Por qué nuestros modernos poetas, tan desmayados y luctuosos, por regla general, no cantan estas cosas? ¿Son menos interesantes que los parterres de Versalles? Hay para dar razón á los futuristas, con todas sus exageraciones.
Yo os aseguro que la instalación de telegrafía sin hilos de Carabanchel Alto bien merece una oda.
El invento pertenece á la Humanidad. Admira y deslumbra á nuestra inteligencia. Pero aquella instalación es nuestra, es de España; halaga y conforta el corazón. Y españoles, soldados de su ejército, son los sargentos inteligentes, modestos, que allí prestan servicio y han recibido ofertas tentadoras de empresas extranjeras de navegación y prefieren servir á su patria: á esta patria que no suele ser muy espléndida con los que trabajan por ella; porque los que trabajan no intervienen en los presupuestos, y los que intervienen... no trabajan.