Tres muertos ilustres cuenta la crónica en estos días: Massenet, el general Booth, y, el más grave de todos, Muley Hafid.

El músico francés no ha tenido á su fallecimiento la Prensa que podía esperarse de su popularidad en vida. No es que la Prensa francesa y, por reflejo, la europea le haya escatimado las necrologías; pero los elogios han sido tímidos.

Desde que un aristocratismo intelectual y artístico ha sentado como criterio fundamental en sus juicios la razón inversa del mérito con el aplauso público, es preciso blasonar de independiente y despreocupado para atreverse á celebrar lo que todos celebran. Por donde sucede que, cuando una obra empieza á ser aplaudida, es cuando empezamos á dudar de que merezca serlo. ¡Ah! ¡Si las obras de Massenet no hubieran sido tan del gusto público! ¡Si Massenet hubiera muerto obscuro y postergado como Bizet!

Yo no digo que Massenet fuera uno de esos genios musicales definitivos en una época; pero supo agradar y agradará por mucho tiempo á los que aun piensan ó sienten que la música no es una tabla de logaritmos. Al fin y al cabo, genios, lo que se dice genios musicales, ¿cuántos han sido? Por los dedos de una mano pueden contarse. Y algunos de ellos muy discutidos por los grandes inteligentes. Por ejemplo, Bach, de quien yo he oído decir perrerías á personas de muy buen gusto musical. Yo no entro ni salgo, ni juzgo de música más que por sentimiento. A mí la música de Bach me suena á capilla protestante, que es para mí el sonido más antipático que puede tener música en el mundo. A otro gran músico, César Franck, también se le cedo á ustedes por una friolera. Me parece un filósofo de esos que pretenden explicar por razonamientos cosas pertenecientes á la emoción íntima; conciliadores entre la Ciencia y la Fe, que no concilian nada.

Por todo esto, bien merecía Massenet elogio más fervoroso de la crítica. ¿Es que sólo puede haber dioses mayores?

En Madrid sólo hemos oído tres óperas de Massenet: El rey de Lahore, Manon y Werther. La primera es de las más endebles. Obra estrenada en la Opera de París, confiado el éxito al aparato escénico, á la espléndida figura de la Reskée y á la hermosa voz del barítono Lasalle.

Manon, mutilada con supresiones importantes, no tuvo al estrenarse en Madrid favorable acogida. Hasta que no fué cantada por Anselmi, y después por Anselmi y la Storchio, no logró el aprecio del público.

El estreno de Werther también fué desgraciado. Batistini, primero, luego, Anselmi, consiguieron rehabilitarla.

Massenet lo intentó todo, con desigual desempeño, pero con laudable propósito siempre. Soñaba con hacer grande, y, como tantos otros, sólo consiguió triunfar cuando menos se preocupaba por el triunfo. ¡Vanidad del artista! En sus obras siempre prevalece un sentido inconciente que está sobre los cinco sentidos puestos por el artista en su obra.

En las óperas de Massenet hay variedad de asuntos y de estilos. Historias de amor en Manon y en Werther; el cuento de hadas en La Cenicienta; el poema lírico en Don Quijote; en Esclarmonda la mística leyenda; en Lohengrin hembra, donde Massenet aspiró á Wagner y fué su aspiración dulce suspiro de enamorado más que de creyente.