La crítica hostil llamaba á Massenet el músico de las cocottes. Ya es algo ser el músico de alguien; porque ¿quién no tiene algo de todo á sus horas? Sólo los espíritus superiores son siempre ellos mismos, que es ser muy poca cosa. Los demás, á poco que soltemos las riendas, ya nos interesamos con las peripecias de un melodrama como la Margot de Musset—«¡vive le mélodrame oú Margot a pleuré!»,—ya relinchamos como sementales rijosos ante un tablado de tangos y garrotines, ya, como sencillas cocottes, nos emocionamos con las chulerías Luis XV de Manon y de su caballero, puestas en música absolutoria por un músico amable y francés.

El general Booth, el admirable fundador del Ejército de Salvación, sólo hubiera podido salir adelante con su obra en Inglaterra. Sólo en Inglaterra podía salvarse el peligro más terrible de su empresa: el ridículo. ¿Qué hubiéramos hecho en España con un general Booth? ¿Qué hubieran hecho en Francia? Sólo en Inglaterra es posible predicar el Evangelio al son de una murga, entre una estrafalaria mascarada, y sólo allí es posible sobreponer la intención de la obra á los procedimientos hasta ser considerado por los Poderes públicos y colaborador suyo en ocasiones difíciles.

Todavía, al contemplar el retrato del difunto general, publicado en casi todos los periódicos ilustrados del mundo, una sonrisa de escepticismo se disimula apenas en labios latinos. ¿Era un santo? ¿Era un vividor? ¿Un grande hombre? ¿Un chiflado? ¡Ah! ¡Cuántas buenas obras como la del general Booth se habrán malogrado en el mundo por temor á que todos pregunten: ¿Quién es el hombre?

¡Y cuántas veces el hombre no puede dar mejor razón de sí que sus obras!

¿Nos da Dios, con ser Dios, otra razón de su existencia?


XXIII

Para la próxima temporada teatral la dirección artística del teatro Español anuncia obras de casi todos los autores militantes y otras de autores noveles en el teatro, pero no tan desconocidos que sea aventurado esperar mucho y bueno de sus obras. Un nombre falta en la lista, un nombre que está sobre todos, el del propio director artístico: el de don Benito Pérez Galdós. Por delicadeza, estimada por todos en cuanto significa, pero inatendible en esta ocasión, don Benito se niega á estrenar obra suya y á que sean representadas las de su repertorio; y eso no debe ser.

Cuando, por causas de enojosa explicación, las obras y el nombre de don Benito Pérez Galdós no figuran en teatros de importancia, y, por dificultades de interpretación, no pueden ser representadas como ellas merecen en teatros de segundo orden, el teatro Español es el único que puede ofrecerlas digno escenario. ¿Habrá un solo autor de los que tienen obras anunciadas que pueda mirar con recelo la representación de las obras de don Benito? Todo lo contrario; yo creo que todos se apresurarán á firmar una solicitud pidiéndole que vuelva de su acuerdo. Una campaña de Arte independiente, popular, como debe ser la que en el teatro Español se emprenda en esta temporada, con actores de juveniles alientos como Matilde Moreno y Francisco Fuentes, no sería completa si faltaran las obras del maestro glorioso de la novela y del teatro contemporáneo. Con palabras de Un drama nuevo yo, soldado de fila, me atrevo á dirigirme al maestro de todos para decirle: «Sed nuestro general: conducidnos á la victoria.»