Ni en costumbres, ni en leyes, ni en política, en nada se muestra Francia tan republicana como en el arte de poner en ridículo á cuantos reyes y soberanos, en activo ó pasivo, transeuntes ó residentes, caen en ella. No son, por cierto, reyes y príncipes modernos héroes de tragedia; mas si alguno lo fuera, al llegar á Francia quedaría convertido en caricatura de opereta. Francia es la Dalila capaz de tomar la cabellera al más fuerte Sansón. Ved á Muley Hafid, el sultán esperanza de los creyentes, el que fué proclamado por ellos como restaurador del espíritu nacional y religioso, contra su hermano, el débil, el descreído, el europeo. Nada pudo contra los invasores de su Imperio; pero todavía, en el recogimiento de su palacio, podíamos suponerle, como á Prometeo encadenado, más alto y más noble en su vencimiento que el vencedor injusto. ¡Estaba escrito! Pero ahora, al permitir que se traduzca al francés—¡al francés de Montmartre!—lo que el Destino escribió en árabe, ha perdido hasta el derecho á la compasión. Es un triste león de feria, amaestrado como un perro. Lastimosas fueron las femeniles lágrimas del último rey moro de Granada; pero aun han podido hallar piadosa acogida en la leyenda y en el poema. Para Muley Hafid sólo queda la musa «bulevardesca» del café-concierto y de las revistas del año.
Olvidado en el último rincón de su Imperio, pudo ser una figura trágica digna de ser representada en tiempos futuros por algún Monnet-Sully del porvenir, en París mismo, en la escena del teatro Francés. Así, no habrá clown que no le remede y ridiculice por circos y tablados. Al ofrecerle Francia las libertades de su República ha sido más cruel que si le hubiera encerrado en una jaula del Jardín de Plantas. Su libertad es el ridículo. Y ¿qué hace en París el sultán caído que no hiciera en su Imperio? Lo mismo: satisfacer todos sus deseos; pero lo que allí parecían voluntades de un Dios, aquí parecen caprichos de niño ó de loco.
Nuestro aislamiento de la política internacional no era, ciertamente, el espléndido aislamiento de que blasonaba Inglaterra al saberse odiado de todos, pero, al fin, temida, en tiempos no muy lejanos.
Ahora, según noticias, nos disponemos á entrar en alianzas; esas alianzas políticas en abstracto, que significan muy poco en concreto. ¡Francia, España, Inglaterra, Rusia! Está muy bien; no puede sonar mejor. Pero... ¿y los franceses, los españoles, los ingleses y los rusos?
Formidable alianza si fuera siquiera por conveniencia de todos, ya que de amor no hay para qué hablar en estos matrimonios internacionales. ¡Cómo se reirá Alemania! Si es que las abstracciones pueden reirse como pueden aliarse.
La alianza es preciosa; pero ¿qué apostamos á que, salvo entre Francia y Rusia, hay muy pronto que lamentar algún coup de canif, como dicen los franceses, en el contrato matrimonial? Pese á quien pese, Inglaterra y Alemania están llamadas á entenderse; y en cuanto á Francia y España... Al buen callar llaman Sancho; pero bueno sería que le llamáramos Don Quijote.