Era ridícula esa severidad en el trabajo de los niños en el teatro, cuando á todas horas del día y de la noche andan infelices criaturas tiradas como perros por esas calles; cuando niños de cuatro y de cinco años vocean periódicos á las altas horas de la madrugada; cuando hay vendedoras de periódicos y décimos de lotería, menores de edad, que, como los horteras complacientes, siempre le preguntan al comprador: ¿Desea usted algo más? No hablemos de los botones y recaderos de Círculos y hoteles que, por razón de su oficio, muy semejante, en ocasiones, al que Cervantes tenía por muy necesario en toda república bien ordenada, han de enterarse y entender de todo.
Y ya que de niños hablamos, á las muchas personas que á mí se dirigen, interesadas en la buena obra del «Desayuno escolar» y de las Cantinas, les diré, que, nombrada una Comisión, ella es la que ha de disponer lo más conveniente.
A mí estas andanzas, por ahora, no me han traído más que disgustos y molestias. A disposición de la Comisión está lo recaudado por mí; y en cuanto á la nube de pedigüeños que de continuo me envía solicitudes y memoriales, ha de saber que el cargo de académico no tiene asignadas rentas ni sueldos; que agradezco mucho las postales alegóricas, mesas revueltas, platos pintados y otras chucherías, como toda prueba de admiración, siempre que sea, por lo menos, gratuita. Sí, por Dios. «¡Basta de aplausos ya, bravos pecheros!»
XXXI
Un crimen es un caso de una enfermedad social, que puede ser endémica ó epidémica. Por eso todo crimen debe ser asunto de meditación, de recogimiento de nuestra conciencia. No caigan todo el horror y toda la culpa sobre el caso, tan irresponsable como el palúdico que en su organismo debilitado recogió los miasmas perniciosos, inofensivos para el fuerte.
¿El anarquista? Si le consideráis como un hombre de ideas, sus ideas, ya le enaltecéis demasiado y al mismo tiempo eludís vuestra responsabilidad. El anarquista viene á ser lo que en Teosofía llamamos una forma de pensamiento, un elemental artificial, producto de esa misteriosa energía animada por nuestros pensamientos, buenos ó malos, de amor ó de odio.
¿Sabéis de qué está hecho un anarquista? Del espectáculo del lujo insolente, de la ociosidad parasitaria, de la envidia que calumnia y murmura, de la intriga y del favor encumbrados, del mérito desconocido, de la justicia recomendada, y, sobre todo esto, de mil ligerezas que consideramos insignificantes: amenidades, pasatiempos de la vida diaria...
El orador que, por redondear un discurso con una frase de efecto, preconiza el atentado personal contra el enemigo político á quien después saluda respetuoso, á quien por sí mismo ó por tercera persona, pedirá algún favor, á quien estima personalmente, á quien sería incapaz de ocasionar el menor daño.