A estas horas habrá quien crea que no hay profesión en España como la de compositor ó autor dramático.

Yo me permito advertir á los deslumbrados por esas cifras, más verdaderas que elocuentes en esta ocasión, cómo esas cantidades apetitosas, cobradas por algunos autores durante algunos años de su vida teatral, son, en parte, los atrasos de muchos años de penuria y de lucha, y en parte anticipo de otros que llegarán, de agotamiento y decadencia.

Si el público quiere saber la verdad que se esconde detrás de esas cifras, no mire lo que cobran los autores; mire cómo viven muchos de ellos, y sabrá mejor á qué atenerse.

Y no es que pequen de ahorradores ni de avarientos. ¡Si el público supiera los apuros que pasan á veces, por muy poco dinero, muchos de esos que cobran tanto!

No hay duda que sobre el dinero del teatro pesa alguna maldición, sin duda por ser el teatro cosa diabólica. Lo cierto es que no hay dinero que menos luzca. Ni renta que en menos tiempo consuma el capital.

Todo autor pudiera decir, como la actriz francesa Mme. Dorval, ante los aplausos del público: Bien pueden aplaudirme; les doy mi vida.

En fin, si será teatral el dinero del teatro, que estoy seguro de que, al leer las cantidades cobradas, los primeros sorprendidos habrán sido los mismos autores. Pero ¿es posible que yo haya cobrado todo ese dinero?—pensarán algunos.

Y no hay duda; las cifras no mienten, todo eso es verdad. La de autor dramático debe ser profesión envidiable. ¡Ojalá pudiera cederse ó traspasarse como un comercio ó establecimiento cualquiera con todos sus enseres! Y ¡ojalá pudiera anunciarse la cesión ó el traspaso como en Francia: ¡Après fortune faite!


Entre dos amigos: