En las canteras de Benzú trabajan españoles y moros en las obras del puerto. Un moro jovenzuelo, de vivo mirar, fino de cabos, como una gacela, como un antílope; resplandeciente de señorío sobre el pobre jaique, con esa nobleza de origen, don celestial en todas las razas hijas del Sol. Su vestidura es mísera, no teme al sol ni á las lluvias y lleva, como pudiera llevar un atributo de realeza, un gran paraguas, bien arrollada su tela de algodón. Los moros más pobres tienen predilección por el paraguas. No es utilidad, es lujo. Como el sultán bajo su imperial quitasol, ellos van orgullosos con su paraguas de tres pesetas debajo del brazo. La democracia busca extraños senderos para llegar á todas partes.
El morito busca trabajo, se conduele—Moro no tiene trabajo; busca y no encuentra.—Y el morito sonríe ladino. Yo sé que en las obras del puerto se da trabajo con facilidad. Le digo que no lo buscará con muchas ganas. De seguro. Será su padre quien le mande. El morito se ríe ya francamente.—Cuando trabaja, duele cabeza.—Y se tiende sobre unas piedras como sobre un almohadillado diván; me pide un cigarro, lo enciende y ni siquiera se divierte en mirar á los que trabajan en derredor; alza los ojos y mira á lo alto.
Desde Ceuta á Tetuán va pasando ante nuestros ojos todo el escenario de nuestra guerra de Africa. ¿Cómo sobreponerse á la emoción del glorioso recuerdo? La guerra de Africa fué el único redoble épico que sonó á glorias españolas en nuestros días.
Recordamos cuanto oímos referir á nuestros padres, con el calor de viviente actualidad. La entrada de las tropas victoriosas en Madrid, después de la toma de Tetuán; el entusiasmo delirante del pueblo madrileño; las bizarrías de Prim; la serena inteligencia de O'Donnell. Recordamos el Diario de un testigo de la guerra de Africa, el libro que prendió en nuestra infancia bélicas llamaradas, resueltas en peleas á pedradas; juegos de moros y cristianos.
¡El Diario de un testigo, tantas veces leído en aquella edición de Gaspar y Roig, con sus ingenuos grabados en madera, con sus terribles morazos, terror de nuestros sueños infantiles!
Ahora, en la realidad, pasan ante nuestros ojos Sierra Bullones, Los Castillejos, con su prestigio de épica leyenda. Ya puede haber caído sobre nuestro espíritu una avalancha arrolladora de escepticismo, de criticismo y de cuanto puede pesar sobre el corazón como losa sepulcral de entusiasmos, que la losa saltará á latidos del corazón ante estos lugares y la oración á la patria se alzará desde muy hondo; más hondo que de nuestro propio corazón: desde el corazón de nuestra madre; como las oraciones á Dios que ella nos enseñaba y surgen siempre cuando, sobre todos los engaños de nuestra inteligencia, la verdad del corazón se estremece al golpear de un verdadero sentimiento.
Antes de llegar á Tetuán son bosquecillos de adelfales, frondosos de laurel y floridos de rosa. El mar, muy azul, se festonea de blancura al caer sobre la playa de las conchas; blanca también, más blanca que las espumas; de albor calizo sus arenas.