Después, al fin, Tetuán, más blanco todavía; sus caseríos, como terrones de azúcar, extendidos aquí, allá apilados. Como irisación de tanta blancura deslumbradora, los alminares de las mezquitas con el esmalte de sus mosaicos multicolores.
Un aura de encanto, de misterio sagrado, envuelve á la ciudad de las cincuenta mezquitas y los innumerables morabitos. Yo tengo que recordar algunas ciudades españolas para no asustarme.
Al entrar por la Puerta de Ceuta el encanto queda roto. Parece imposible que toda aquella blancura total pueda descomponerse en tantas negras suciedades. Nunca con más razón puede decirse que la suma no es igual á los sumandos.
El «¿Quién vive?» á las puertas de la ciudad le da un acre olor á tenerías; el olor que os perseguirá siempre, que sentiréis penetrar hasta los huesos, correr por las venas.
Figuras y grupos interesantes restablecen pronto la atención desilusionada. Un negro enano, con grandes anillos en las orejas, loquea en la plaza. Es el Garibaldi de Tetuán. Pasa un aguador, vestido de los más pintorescos harapos que puede imaginarse. Toca su cabeza con un canastillo de mimbres. Sólo nosotros le miramos sorprendidos. El ni siquiera se sorprende de nuestra extrañeza.
Visitamos al nuevo bajá, recién llegado á Tetuán. Es mulato, de arrogante figura y noble porte. Viste como un moro de romance: de sedas sutiles como gasas, una túnica azul muy pálido, y sobre ella otra blanca, y sobre todo ello un ropón también blanco y transparente. Nos ofrece el té á la morisca. Sonríe y se lleva la mano al corazón.
El cónsul me presenta. Tiene una frase amable, que pudiera envidiar cualquiera de nuestros hombres públicos: Las ciencias y las artes hacen grandes á las naciones.
Las casas de los moros acomodados presentan graciosos contrastes. Patios y salas á lo morisco, y, entre todo, lámparas de comedor, procedentes de cualquier bazar europeo; cómodas dignas de la calle de los Estudios, espejos de cafetín, floreros y baratijas de baratillo.
En la casa de un rico moro, sobre una cómoda se ostentaban dos floreros de altar entre candeleros de la misma especie. Parecía dispuesto para las Flores de Mayo ó para una devota novena casera. No falta el álbum de retratos con música y profusión de relojes sin mérito alguno.
En el patio de un moro poeta, un patio todo recogimiento, todo poesía, junto á una fuente de preciosos azulejos veíase un armario chinero, y, al través de sus cristales, como preciosidades de vitrina, un frasco de Odol. ¡Buen reclamo! Otros cachivaches, y... ¡oh, civilización!, verdadero símbolo de la penetración pacífica, un instrumento... ¿Cómo nombrarlo? Una soberbia lavativa, en fin, inglesa, de llave.