Este poeta, famoso entre los suyos, escribió en el álbum de uno de mis acompañantes unos versos en árabe. Traducidos, decían así: «Cuántas veces amamos á la ciudad, aunque sepamos que no es la mejor, ni su cielo el más azul, ni buena el agua de sus manantiales... Pero ¡es la Patria!»

Yo no sé si el poeta moro escribiría con intención y á la nuestra, estos versos. En su fisonomía inteligente la ancianidad sonreía con maliciosa resignación.


XXXVI[1]

Señoras y señores:

Si yo creyera que habíais tomado en serio el anuncio de esta, que mal puede llamarse conferencia, ni lección, ni disertación, y no ha de ser más que una charla veraniega, apropiada al lugar y al tiempo, no sabría cómo disculparme antes de empezar, ni cómo pediros perdón al haber terminado sin deciros cosa de provecho. ¡Ahí es nada! ¡El arte de escribir! Toda una vida de escritor sólo puede mostrarnos las dificultades de ese arte, que ni se aprende ni se enseña, por lo menos con reglas fijas.

Cuentan de un señorón adinerado, que al recibir en su casa á un glorioso poeta, con esa osadía que da el dinero, le preguntó: «Dígame usted: ¿Es muy difícil ser poeta?» Y el poeta le contestó sencillamente: «¡Oh, señor! O es muy fácil ó es imposible.»

De todo arte, del arte de escribir, por lo tanto, puede asegurarse lo mismo. O es muy fácil ó es imposible.