Esperemos que esta fiesta de amor sea el precedente de otras muchas en este verano en San Sebastián, en las playas y balnearios donde la gente adinerada se esparce y se divierte. Olvidarnos de los que luchan y mueren por España, sería criminal. Cuando allí se cumplen deberes penosos, ¿olvidaremos nosotros los más fáciles? Ved que para el triunfo glorioso de España en tan difícil empresa, si mucho importa que nosotros confiemos en los que allá combaten, importa más que ellos confíen en los que aquí quedamos. Al ¡alerta! de aquellos campamentos en tierra extraña ha de responder el ¡alerta está! de la tierra española. Sólo así comprenderán nuestros hermanos que donde ellos están está con ellos toda España.


XXXVII[2]

Si esta fiesta, queridos niños míos, solo significase una lección aprendida en la escuela, poco significaría en verdad. No aprendida por vuestra inteligencia, prendida en vuestro corazón la quisiera yo para siempre; no por razonamientos de necesaria cultura y menos de provechosa utilidad, sino por sentimiento muy íntimo, muy hondo, por efusión de simpatía, por amor, en una palabra: aquella misma llamarada de amor en que se ardía el corazón de San Francisco, el serafín de Asís, cuando cantaba á todas las criaturas de Dios como á hermanos: Hermano sol, hermana agua, hermano lobo, hasta la hermana muerte; el mismo amor que se eleva en aquella sublime plegaria del Buda: ¡Dios mío, evitad el dolor á cuanto existe!

Si esta fiesta solo significa una pública exhibición, algo como un examen bien preparado de una asignatura, nada valdría, os digo. No valdría más que esas ruidosas hazañas guerreras de tambores y trompetería, que con ser mucho en la historia de los pueblos son muy poco en su vida. Los héroes de la vida son muy otros que los reyes y los guerreros de la Historia; son los trabajadores del telar, de la aguja, los inventores humildes, que ni un nombre dejaron.

Si hoy diéseis suelta á estos pajarillos y mañana en casa atormentárais al gato y al perro, y al otro día en el jardín ó en el campo, os dedicárais á sorprender nidos y á destrozar árboles y flores, ¿qué valdría esta fiesta?

No es que yo desconfíe de vosotros, queridos niños; aunque muy graves sabios aseguran que sois de mala condición por lo general, esos sabios no os conocen bien, porque sólo os han estudiado como hombres de ciencia, y á vosotros hay que estudiaros con el corazón. Yo sé que los buenos sentimientos son naturales en vosotros, que vuestro corazón está siempre abierto á la generosidad, que en vuestro espíritu alienta la más clara idea de justicia; pero sé también que los hombres, cuando no con palabras y obras, con obras que desmienten á cada paso sus palabras, os enseñan muy pronto la mentira, la crueldad, la desconfianza. Y no sé yo qué sea peor, si malas palabras y malas obras de acuerdo, ó buenas palabras en contradicción con las malas obras; aun es más perturbador, más dañoso este desacuerdo.

¿Qué importa que digamos al niño: no se debe mentir nunca, si el niño ve y observa y comprende que nosotros mentimos siempre que nos conviene y á él mismo le engañamos muchas veces por comodidad nuestra?

¿Qué importa que le digamos: hay que ser afable con todo el mundo, si él nos ve descompuestos y groseros con los criados, con la familia, con él mismo, con enojo desproporcionado, más cuando una travesura suya inocente nos molesta que cuando una verdadera manifestación de peligrosa maldad no llega á molestarnos?