¿Y creéis que los niños no se percatan muy pronto de todas estas contradicciones nuestras? ¿Creeis que todo ello no va labrando en su espíritu recelos, hipocresía y rencores?
Por todo esto me atrevo yo á dudar de la eficacia de esta fiesta. Si hoy los niños dan suelta á los pájaros y mañana los padres van á los toros, ¿á qué lección se inclinará su espíritu?
Palabras buenas nos llegan de todas partes; pero ¿de dónde vendrá el ejemplo? Y en la educación sólo el ejemplo es eficaz y sólo él tiene virtud de imprimir bueno ó malo en las almas.
Ya lo dijo San Juan de la Cruz: más vale predicador de pocas letras, pero de ejemplares costumbres, que muy sabio en letras humanas y divinas y de mal arreglada conducta.
No lo que nos dijeron padres y maestros, lo que en ellos vimos es lo que quedó para siempre grabado en nuestra inteligencia y en nuestro corazón. Por eso la escuela sin la cooperación del hogar nada valdría: casa y escuela ha de ser como un solo templo con un solo culto: el alma del niño.
Con palabras y con ejemplos es preciso educar la sensibilidad del niño, despertar su simpatía por cuanto existe y vive á su alrededor. Los españoles carecemos de ese precioso don de la simpatía, que es comprenderlo y amarlo todo. Si en lo geográfico somos una península, en lo espiritual somos un archipiélago. Separados unos de otros como islas espirituales. Somos hoscos y duros, y toda la vida española adolece de esta sequedad de nuestro espíritu.
Somos pobres y nuestra vida es dura; como la vida es cruel con nosotros, nosotros somos también duros y crueles. Y es que cuando somos crueles con los demás, es que alguien fué antes cruel con nosotros. Sólo muy altos y nobles espíritus saben volver el dolor en bondad y en dulzura.
La historia nos lo dice: los reyes que dejaron nombres de sanguinarios y de crueles, fueron los que antes de reinar tuvieron que soportar penurias y afrentas: tal fué el caso de Nerón en Roma, de Don Pedro llamado el Cruel en España. En cambio, los que se criaron entre halagos y blanduras, sin que nadie les afrentara ni persiguiera, fueron de condición apacible y magnánima: tales San Luis de Francia y San Fernando de España, educados por aquellas dos nobles reinas de Castilla, Doña Blanca y Doña Berenguela, de eterno ejemplo como madres y reinas.
Yo sé que muchos son en España los que en nombre de un mal entendido casticismo preconizan esta dureza nuestra como una preciosa virtud. Juzgan que si fuéramos blandos de condición, acaso perderíamos en virilidad. Nunca fueron á mi entender muy varoniles virtudes la crueldad y la destemplanza. Mejor sienta al varón fuerte la noble continencia y la apacible gravedad. Ni la dulzura de costumbres debilita á los pueblos, antes por ser más amable la vida será en ellos también más firme el amor patrio.