De los descontentos y los mal hallados salen los traidores y los malos patriotas, y en verdad que gran virtud es preciso para amar lo que no es amable.

Una patria en que todos fueran dichosos, ¿cómo no había de defenderse con mayor entusiasmo que una patria en que nadie se hallara á gusto?

Meditad sobre la significación de esta fiesta. Al llegar á un pueblo no hay que conocer á sus sabios, ni á sus artistas, ni su riqueza, ni su poderío para apreciar su grado de educación y de bienestar; basta con muy poco. Pueblo en que veáis que los pájaros no huyen espantados al acercarse un niño; pueblo en que veáis que los gatos, esos mansos gatos que se tienden al sol en las puertas de calle, no huyen como escaldados y escarmentados cuando niños y mozalbetes se les acercan; pueblo en que sobre las más pobres tapias se alza la frescura frondosa de unos árboles y en las ventanas sonríen como saludo de paz las macetas floridas, bien cuidadas, como á caricias de manos de mujer, bien puede asegurarse que es un pueblo culto, de dulces costumbres, un pueblo dichoso.

Queridos niños, vosotros sois el sol de mañana: que ese sol brille más glorioso en nuestro cielo que aquel otro de nuestras grandezas, cuando el sol no se ocultaba nunca en los dominios de España.


XXXVIII[3]

Para mostrarnos cómo no puede haber paz en el alma de los malvados, como aun al verlos triunfantes y en apariencia dichosos, no por eso debemos desconfiar de la eterna justicia, dice un Santo Padre de la Iglesia: «En la conciencia del malvado hay siempre algo que tiembla». Sí, es verdad...; pero también para los buenos, para los justos hay algo que tiembla siempre. Ved; es un día feliz en la familia, tal vez se celebra un santo, una fecha venturosa, más unidos que nunca los corazones, padres, hijos, allegados... todos respiran esa confianza mutua, ese enlace de unas almas con otras, probadas en alegrías y dolores compartidos á todas horas... el corazón de cada uno engrana en el corazón de los otros, como una piedra en sólido edificio... el edificio familiar; ¡la familia! Nuestro pequeño mundo, en que nunca pesa sobre nosotros la angustia de sentirnos abandonados, como Robinsón en su isla, ni la tristeza de sentirnos perdidos, dispersos en la multitud del mundo grande, indiferente, hostil, acaso... Es la hora de la comida; la familia modesta, parte de su pan de comunión, bendito por el trabajo honrado. En el silencio hay más efusiva cordialidad que en las palabras. Los pequeños ríen alborozados.

Los padres sin mirarse se miran en sus hijos... De pronto la mirada del padre se nubla de tristeza, un pensamiento triste ha pasado por su frente, ha estrujado su corazón. Sí, también en el alma de los buenos hay algo que tiembla, como en el alma de los malvados. El amor de los suyos. Si yo me muero, ha pensado el padre, ¿qué será de estos hijos? ¿Quién podrá darles esta alegría de ahora? Y en la desolación de su alma, los ve con hambre, con frío, como esas criaturas de la calle que estremecieron tantas veces su corazón de padre, tanto de compasión por ellos como de egoísmo por los suyos... las criaturas que piden limosna, que venden periódicos, la mozuela desvergonzada, víctima de hombres soeces... el ladronzuelo conducido entre guardias á empellones... Todo eso puede ser de sus hijos, de aquellas criaturas que ahora son tan felices con tan poco, con la alegría de estar juntos, de compartir con amor aquella comida de bendición... alegrada por alguna golosina de extraordinario... Y el padre tiembla y palidece, y cuanto más ríen los hijos más le cuesta contener el llanto que desborda en su corazón.