XLI
CAMPOAMOR
Siempre he temido volver á los lugares que dejaran en mí gratos recuerdos. Siempre he temido volver á leer los libros que fueron el encanto de mi niñez ó de mi juventud. El lugar será el mismo, el libro también. Pero ¿estaba en ellos el encanto ó el encanto era el de nuestras almas, sorprendidas y admiradas de todo, como ojos de ciego abiertos por milagro á la luz... y sólo de ver ya gozosos, porque ya el ver es una hermosura, aunque no sea hermoso todo lo visto...?
Pero, entonces, ¿es que las cosas no son nada por sí? ¿No hay valor alguno objetivo? Sí; las cosas son algo, son ellas, las mismas siempre; pero la luz que las alegra ó las entristece, auroras ó crepúsculos, pleno sol estival ó luz de luna, nubarrones tormentosos con relámpagos de luz ó relámpagos de sombra, frecuentes en el cielo de las almas, todo eso es nuestro, y todo eso es el espíritu de las cosas... y también nuestro espíritu. Nos vemos en los ojos que nos miran y vivimos en las almas que nos atienden...
Nosotros mismos no sabemos de nosotros más de lo que saben decirnos los demás. Nuestra propia conciencia, lo más nuestro, se esconde ante la conciencia ajena para que ella no pueda decirnos la verdad de nuestra conciencia. Y este ocultarnos unos á otros la verdad para creernos mejores de lo que somos, si es hipocresía cuando nos damos tan mal arte á vestir el disfraz que todos advierten que es disfraz, bien pudiera ser toda nuestra verdad cuando sabemos disfrazarnos de tal suerte que el disfraz llega á ser más que el vestido, algo tan propio y tan adaptado á nuestro espíritu como nuestra corporal hechura. El que logra hacerse una cara con la más agradable de las caretas ha dejado de ser hipócrita para ser virtuoso. Y no digáis: ¡Buena virtud de mascarada será esa!, si consideramos que ya es virtud llevar de ese modo una careta, y que estas caretas espirituales, si han de parecer como nuestra propia cara, han de amoldarse de dentro á fuera, y han de ir muy prendidas en nuestro corazón.
Pues si difícil es saber la verdad de nosotros mismos, ¡cuánto más difícil será saber la verdad de las cosas! Y si al volver á ellas ya no somos los mismos, ¿qué habrá sido de ellas?
Como decía Ronssard, el poeta que dió sus mejores canciones á la gloria efímera, ¿dónde están las nieves de antaño...? Nuestro corazón es caminante que aunque dos veces pase por un camino siempre le parece camino nuevo.
Un amigo mío acababa de reñir con su novia, á la que había jurado amar eternamente, y á los pocos días me daba á leer una carta de otra novia. Y con otra carta en sus manos de la novia antigua, me decía como loco: «Esta sí que me quiere. Lee esa carta y compara, compara con esa carta». Yo leí las dos cartas, y comparé: las dos decían lo mismo. Y cuando él, al verme reir, se dió cuenta de ello, sin darse á partido, me decía: «Sí, sí, dicen lo mismo; pero esta es verdad y aquella era mentira».
Después de esto no extrañaréis que aun no os haya dicho nada de nuestro poeta. Si veis que la apariencia de las cosas, no me atrevo á decir su verdad, está en nosotros más que en ellas, estas emociones suscitadas por el poeta, ¿no os dirán más lo que del poeta siento que si de él os hablara?
¡Campoamor! Yo le conocí. Era yo un niño y su fisonomía me era ya familiar. Sólo una vez hablé con él en los postreros años de su vida; yo comenzaba á literatear, literatura de señorito.
Un ferviente admirador del gran poeta, gran amigo mío, me presentó á él. Era á la puerta de la librería de Fe. Don Ramón, antiguo tertuliante de la librería, por aquellos últimos años de su vida, llegaba en coche ante la puerta, y desde allí saludaba á los amigos; todos salían un momento de la tienda, rodeaban el coche y conversaban con el anciano poeta, de rostro rubicundo, de ojos azules, muy claros, unos ojos que sonreían á todo, con tal gracia, que con no sonreir sus labios nunca, pues la boca era de severa expresión, la gracia de sus ojos bastaba á mostrarle sonriente, como abuelo bondadoso que con la voz reprende al nietezuelo y con los ojos ríe la travesura.