Un amigo le dijo al presentarme: «Maestro, le presento á usted á Jacinto Benavente, escritor; tiene mucho talento». Y el maestro, el abuelo, me miró muy despacio y dijo: «¿Mucho, mucho talento? Porque si no tiene mucho talento, vale más que sea bueno». Y yo no he olvidado nunca aquellas palabras ni la mirada de bondad. Y como no he estado nunca muy seguro de tener mucho talento, mucho talento, he procurado siquiera, ya que en talento no fuese aventajado, aventajar en bondad. Porque aquellas palabras del poeta y otras del obispo, que al confirmarme me dijo: «Hijito, seas santo», no he dejado de repetirlas un solo día desde que las oyera, y han sido acaso mis oraciones más fervorosas, para que ellas me guarden de toda vanidad.

Ahora, de la vida de Campoamor, ¿que sabré deciros? La vida de los poetas está en sus poesías. La poesía de Campoamor es toda inquietud espiritual; pero una inquietud que pudiera decirse sosegada. Hay hombres de vida azarosa, perdida en vanas agitaciones, que al parecer responden á desasosiego interior, á inquietud espiritual, y si vamos á ver, toda aquella turbulencia es epidérmica, de gestos y pasos.

Otras vidas hay de tranquila apariencia, sin sacudidas aparentes, y toda aquella serenidad y placidez es muro de piedra en palacio señorial, que parece al exterior alegre mansión de riqueza y es por dentro mansión de dolor.

Nuestro poeta hubiera podido escribir como Goethe: «Tengo bien señalada la demarcación entre mi vida política y social y mi vida moral y poética. Demarcación puramente exterior, se entiende; pero me va muy bien así». Goethe llamaba á Beethoven ser indomesticable, y él se decía á sí mismo un ser social.

Campoamor era, como Goethe, un ser social. Y como el hombre era tan amable de cerca, su poesía era también amable. Y el poeta de las ironías y de los sarcasmos, el menos ortodoxo de los poetas españoles, oía celebrados y repetidos sus versos en labios de las damas y de las jóvenes más distinguidas de la mejor sociedad.

Fué el poeta preferido de las mujeres. Era el poeta que mejor las comprendía; las perdonaba todo. Las mujeres ¡pobres mujeres! creían por eso que las amaba mucho... No comprendían que aquel su amable perdón, aquella su indulgencia para todas las faltas y errores que pueden cometer las mujeres, tenía más de profundo conocimiento de que no podían ser de otra manera, de que no se las debía pedir lo que no pueden dar...

Las mujeres que saben de amor saben que el hombre que de verdad las ama es el que peor habla de ellas y más abomina de sus engaños y más se atormenta por sus traiciones... Lo otro no es amar, es comprender y perdonar. Ahora, que la mujer, cuando sólo de poesía se trata, no sabe distinguir al amigo del amante. El poeta amigo de las mujeres, comprende y perdona. El poeta amante, maldice y castiga.

En la realidad, ya saben ellas distinguirlos. Al buen amigo es al que las mujeres le cuentan las perrerías que les hace el verdadero amante, y suelen decirle: ¿Por qué no será como usted? Usted sí que me quiere, usted sí que es bueno para mí. No hay que creerlas mucho, porque si lo creyeran así, con dejar al amante y tomar al amigo... Y ya se sabe que las mujeres conceden rara vez ese ascenso.

El amor y la muerte fueron las dos grandes inquietudes que animaron en la poesía de Campoamor. ¿Y qué pensaba Campoamor del amor y de la muerte?

Del amor, tal vez como el filósofo pesimista. Es el lazo que la Naturaleza nos tiende para perpetuar la especie.