¿Nada más? No, que de este lazo tendido por la Naturaleza, de este instinto en que el hombre puede ser inferior al bruto, cuando el hombre solo atienda al placer que engendra dolor, el espíritu puede elevarse en sacrificio que, con ser dolor, será más alto goce, si nuestro espíritu sabe elevarse al aceptarlo. Así, del placer instintivo, por su conciencia de dolor, podemos elevarnos al amor espiritual. Cerrado queda así el círculo de nuestra evolución. Completa será cuando en sentido inverso, aceptado el deber, ya todo será espiritualidad en nuestros amores, y del deber como instinto proceda el goce espiritual, en vez de proceder del goce instintivo el deber doloroso.

Y de la muerte... La región ignorada, de cuyos límites ningún caminante torna, como dice Hamlet, ¿qué pensó Campoamor?

Campoamor no sabía si había un Dios; creía que debía haberlo. Y esta creencia ya era una realidad. Si encerrados en un aposento obscuro, por donde entre las maderas entornadas llega un rayo de sol á nuestra frente, no supiéramos que el sol estaba allí detrás; si ese rayo viniera del cielo azul sin astro visible á nuestros ojos, ¿no pudiéramos creer que ese rayo de luz lo mismo pudiera llegar del cielo á nuestra frente que de nuestra frente perderse en el cielo? ¿Y dejaría su luz de ser luz por eso? ¡Dios! ¡Dios! ¿Dónde está? ¿Qué es? ¿Qué importa? Si el sol fuese invisible á nuestros ojos pero su luz no nos faltara... ¿qué importaría? Creyéramos que el rayo de sol en el aposento obscuro era luz de nuestra frente ó luz de lo alto, su resplandor siempre sería divino.


XLII[6]

Señoras y señores:

La Sección de Literatura sabe muy bien á lo que se expone con este florilegio de poetas cuya lectura hoy comenzamos. Se expone á vuestro aburrimiento. Y á conciencia de aburriros nos arriesgamos en esta empresa. Sí, señores. En España es preciso que nos acostumbremos al aburrimiento. Los españoles somos tristes por ser demasiado divertidos. Parece paradoja, ¿verdad? Pues así es... Todo nos aburre y todo nos fastidia, porque pretendemos divertirnos con todo. De la palabra lata hemos hecho una pavorosa divinidad. Todo es lata. Lata es un discurso de presupuestos; los diputados y senadores huyen apenas se inicia la discusión, se refugian en el salón de conferencias, en los pasillos y allí se bromea á costa de los oradores serios y se prefiere la amenidad, la diversión de la comidilla política diaria...

Después nos sorprende algún impuesto oneroso, algún despilfarro que ha de pesar sobre el contribuyente harto castigado.

Pero ¿qué importa? Nos hemos librado de una lata.