La Ciencia nos engorra, el Arte en serio nos fastidia. Faltos de ambiente, son muy contados los que trabajan por la Ciencia y el Arte... ¡Asusta tanto que nos llamen lateros!
Un día las naciones de Europa llaman á concurso, se buscan nombres, obras, no hay nombres ni obras que ofrecer á los extranjeros. La vanidad nacional se siente herida... No tenemos Ciencia, no tenemos Arte. Está bien. Pero tampoco hemos tenido que soportar latas, ¿y lo que nos hemos divertido entre tanto?
Yo confieso que me encanta y me enamora este modo de ser nuestro y prefiero para vivir las ciudades á lo morisco, en que las gentes se tienden al sol y van reposadas por las calles en amables y ociosas charlas á las ciudades á la europea, á la americana, por donde se camina á empujones, á codazos, sin un saludo cordial, sin un piropo chirigotero...
Lo malo es que la humanidad ha llegado á su madurez, y estos pueblos infantiles, que sólo quieren diversión y juego como los niños, están muy expuestos á ser traídos á la razón de mala manera. Porque en la casa donde se trabaja, á la hora de trabajar molestan los niños.
Por eso conviene que los españoles empecemos á saber aburrirnos. La cultura no es otra cosa. Sólo son grandes y cultos los pueblos que han logrado por fin no aburrirse con todo lo aburrido. Cuando se ha llegado á sublimar el aburrimiento hasta el éxtasis, como en la música de Wagner, se ha llegado á esa civilización suprema.
Por fortuna, este aburrimiento disciplinado concluye por ser más segura diversión que la otra, la diversión alocada de un día y otro. Porque la vida, aunque parece que es eso, un día y otro y una hora y otra hora es algo más. Es el día de la suma, la hora de las cuentas, en que todo se paga.
Hay una parte de nuestro ser perezosa, casi inerte, su aspiración es el reposo y todo lo más un dulce columpiarnos, una diversión del espíritu; avanzar un poco para retroceder al mismo punto. Hay otra parte más alta y más noble que aspira á desprendernos de todo esto que sujeta y detiene, de esto que llamamos la vida y con decir «la vida es así» lo disculpa todo. Pero esta parte, única evolutiva, creadora, única que puede libertarnos al fin de la vida y de nosotros mismos, es la que hemos de cultivar con dolor y con aburrimiento hasta vencerlos, hasta sobreponerse á ellos.
Decir ¡Qué lata! Es decir pereza mental, indigencia de nuestro entendimiento, sequedad de nuestro corazón.
Decimos ¡Qué lata! Y cerramos el libro y apartamos al amigo y por no aburrirnos un día nos quedamos en soledad para muchos días, para toda la vida.
Y esa soledad, que es desolación porque nada queda donde nada hubo y por habernos divertido unas horas nos aburrimos para siempre.