Esas cosas sí, le ponen á uno serio. ¡Caramba! ¡Terremotos, volcanes, la tierra que se abre, el cielo que se viene abajo!... Para eso no hay prudencia, ni vida ordenada, ni preceptos higiénicos que valgan... Eso nos puede suceder á todos y entonces no hay más remedio que morirse. Por eso estas catástrofes nos conmueven á todos. Después de leer el trágico relato, nadie se considera inmortal. Ni siquiera cabe el consuelo de culpar á los gobiernos, como en caso de epidemias, guerras y otras calamidades de tejas abajo.
No hay idea del trastorno moral producido en algunos espíritus ante un «Morir tenemos», anunciado en tan expresiva forma. Durante tres ó cuatro días, el avaro se siente capaz de inusitadas generosidades. ¡Es triste cosa morirse sin haber disfrutado de nada! Y se compra su purito de quince ó se regala con su café con media tostada. El malhumorado dulcifica su carácter: ¡No vale la pena de tomarse disgustos! La novia pudorosa se muestra más propicia á ciertas expansiones... ¡Mañana pudiera haber un terremoto!
Por fortuna, la idea de la muerte es pasajera y solo ante un cataclismo de cielo y tierra, imprevisto, inevitable, consigue imprimirse por algunos días en nuestro pensamiento.—¿Han visto ustedes, qué horror?—Ya, ya... ¡una cosa horrible!...
Á los pocos días nadie se acuerda y todos volvemos á creernos inmortales y á pensar que solo se mueren los que no viven como nosotros, los que hacen locuras y cometen imprudencias.
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Se habla de grandes fiestas de caridad, á beneficio de las víctimas de Mesina. Es de esperar que el resultado sea brillante. El dinero de nuestros potentados, y aun el de los que sin serlo, contribuyen á las cargas del Estado español, tiene bien aprendido el camino de Italia; pero nunca fué más allá de Roma. Justo es que en esta ocasión, ya que de Roma misma viene el ejemplo, nuestra intransigente religiosidad reconozca la unidad italiana; más que esto, la verdadera y católica fraternidad.
El Sumo Pontífice sabrá agradecer esa ofrenda, tanto como las destinadas al dinero de San Pedro, y al bendecirla, como padre de toda la cristiandad, sin fronteras ni patrias, estad seguro de que Italia la agradecerá con su corazón de patriota italiano. ¡Qué hermoso hubiera sido sobre las ruinas de Mesina, el abrazo del Papa y del rey de Italia! Nunca como en esta ocasión, al romper su prisión voluntaria del Vaticano, hubiera podido creerse el Pontífice inspirado por el Espíritu Santo. La infalibilidad del corazón es anterior á todos los dogmas proclamados en los concilios.
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Yo no sé cómo ha podido decirse que el Cristianismo es una religión de tristeza y que el ejercicio de sus virtudes exige todo género de mortificaciones. La Caridad, por lo menos, cuando con motivo de alguna gran desdicha pública se manifiesta, reviste el aspecto más regocijado. Funciones teatrales, fiestas de toros, bailes, rifas... Los paganos, con su alegre religión, solían mostrarse más austeros y entristecidos en estas ocasiones. Muy dormida debe de estar caridad que ha menester de todo ese cosquilleo para avivarse; un severo duelo y una noble tristeza sentarían mejor al ofrecer la dádiva. No es esto murmurar, y siendo milagro tan dificultoso el de sacar dinero y el dinero tan empecatado, sin duda es este de los milagros en que puede estar más admitida la intervención diabólica. Pero, conste, que no hemos adelantado mucho desde los tiempos—primeros años de la Era Cristiana—en que los fariseos repartían sus limosnas á son de trompetas. En fin, ya que la Caridad en todo tiempo es más eficaz cuanto más sonada, quiera Dios que por esta vez, no sea más el ruido que las nueces: que no sea todo el metal el de las trompetas.
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