El arte y la moda, por lo que tiene de arte, son el último refugio de lo que está llamado á desaparecer ó ha desaparecido por completo. Por la moda resucitan el Directorio, el Imperio; hasta la época del buen rey Dagoberto, evocada recientemente en bellos trajes por hermosas actrices del Teatro Francés. Á medida que los últimos pueblos conservadores de sus trajes tradicionales, los van desechando para adoptar las modas de los más civilizados, éstos recogen piadosamente lo que aquéllos abandonan. Del Japón vinieron los kimonos; de Turquía llegan los turbantes; de Rusia los gorros de cosaco. Cuando las elegantes de estos países encarguen las nuevas modas á París, ¡cuál no será su sorpresa al ver como vuelve lo que ellas despreciaron!

La moda actual es una completa mascarada histórica cosmopolita y zoológica. Trajes de todas las épocas, tocados de todos los países, plumas y pieles de toda la fauna conocida. Pieles, sobre todo. Debe de haber sido un invierno horrible para los gatos. Nunca se ha conocido un mes de Enero tan tranquilo en los tejados. Están todos haciendo de nutria, de armiño y de marta sobre nuestras señoras. Á su influencia se atribuye algunos recientes disgustos matrimoniales y algunas fugas de enamorados.

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Todo vendrá á parar en que suban el vino, solía decirse; pero en esta ocasión nos vemos más apurados, pues todo ha venido á parar en que suben el agua; como si desde tiempo inmemorial no estuviéramos con el agua al cuello. Ya que por la supresión del impuesto de consumos sobre el vino y el cierre dominical de las tabernas, es el vino lo que se ha abaratado, tal vez nuestros gobernantes quieran parodiar la ingeniosa «boutade» de María Antonieta cuando el pueblo de París, hambriento, clamaba por pan, amotinado: No tienen pan, que coman bizcochos. El agua está cara... que beban vino. Lo malo será si con el cambio de precio hay también cambio de propiedades y es el agua la que se sube á la cabeza. Á quien no parodian nuestros directores es á Luis XV, y si él dijo: Detrás de mí, el diluvio; ellos dicen: Detrás de nosotros... la sequía.

El caso es que, con este estira y afloja en la mejora de las costumbres, ya no nos van á quedar ni costumbres. Cuando empezábamos á tomar el gusto al agua y ya eran muchos los que se bañaban y algunos los que habían caído en la cuenta de que el agua hasta podía usarse como bebida, el encarecimiento de su consumo viene á dar al traste con tan buenos propósitos.

Y que no sabe uno á quién compadecer. Si oye usted á la empresa del Canal, la razón está de su parte, y poco menos que le convence á usted de que el suyo no es un negocio industrial, sino un apostolado. Si oye usted al Ayuntamiento... El Ayuntamiento se lava las manos. ¡Feliz él, que puede permitirse ese lujo! Si oye usted á los caseros, ¡infelices caseros! Ser propietario hoy día es otro apostolado: ¡La contribución, los reparos, los inquilinos morosos, impuestos por aquí, impuestos por allá!... Las mejores fincas no rentan más de un cuatro por ciento. ¡Una miseria! Hasta los usureros, con lo mal que se ha puesto el negocio, rechazan ya despreciativamente las hipotecas sobre fincas.

¡Si oye usted á los simples vecinos, no propietarios!...

Aunque en verdad, á éstos es á los que menos se oye, debiendo ser los que pusieran el grito en el cielo. Saben por experiencia que si no es el agua, será otra cosa la que se encarezca y que todo es variar de dolor. Pero, cuando ni la tierra que pisamos es nuestra, ¿qué de particular que tampoco sea nuestra el agua que bebemos? ¡Ay! El mundo, como la isla de Caliban, es un sitio en que se encuentra todo lo necesario para la vida; excepto el modo de vivir. Y Caliban campa por sus respetos. Próspero lee en sus libros que el dolor es eterno y es inútil buscar alivio á los males fuera del espiritual de la lectura. Ariel proyecta la invención de un aeroplano, y cuando lo haya inventado dirá que el aire le pertenece, y ni el aire que respiramos será nuestro. ¿Quién sabe?

Acaso debemos desear que el mal sea insoportable. Entonces estaremos más cerca de buscar el remedio.