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Antes, si no en murmuraciones privadas, que éstas son responso obligado en el mismo cortejo funerario, por lo menos, en discursos y artículos necrológicos, solía respetarse la memoria de cualquier muerto ilustre, siquiera durante el novenario. Ahora lo hemos arreglado de otra manera, y como de la hora de la muerte se dijo siempre que era la hora de la verdad, hemos decidido no retrasarla un solo instante y que la verdad, como el llanto, sea sobre el difunto.

Excelente determinación me parece; de este modo andara todo el mundo más derecho, sin confiar para nada en esa tregua de impunidad que parecía asegurarnos la muerte con el respeto de los vivos. ¿Qué se creían ustedes, señores cadáveres, que con quitarse para siempre de delante nos dábamos por satisfechos? ¿Que íbamos á dejarles á ustedes esperar muy tranquilos la hora del juicio final inapelable ó del juicio mas reposado de la Historia? ¡Nada, nada: respetables muertos, no sirve dárselas de ricos! Todo lo que puede concedérseles á ustedes es la satisfacción de no verse obligados á volver en demanda de explicaciones por las injurias, ofensas, calumnias y demás oraciones, piadoso recordatorio de los supervivientes. Los muertos están dispensados de tener honor. Ya lo dicen las papeletas de entierro: el duelo se despide en el cementerio.

Digo, si el pobre Catulle Mende, duelista empedernido, capaz de batirse, como un artista del Renacimiento, por la belleza de un endecasílabo ó por la gracia de un madrigal, hubiera concedido importancia, desde el inmortal seguro á donde asiste, á los mil injuriosos, despectivos y desagradables comentarios á que ha dado ocasión su desdichada muerte...

Nada se ha respetado; desde su obra literaria, á la que todo puede negarse, menos amenidad y sincero amor al arte, sospechoso de apasionada parcialidad á veces, por ser tan sincero; hasta su vida privada, solo culpable también de sinceridad y de amor tan ferviente á la vida que, por amarla demasiado, pretendió prolongar la juventud con amable despreocupación del ridículo.

Estos fueron tus pecados y no merecías por ello tan pronta desconsideración. Si una severa crítica, acaso no ofrenda á tu memoria, las inmortales siemprevivas, razón de más para no apresurarnos tus contemporáneos á pisotear tan pronto las rosas que aun cubren tu cadáver, y aun son frescura y aroma en tus poesías, en tus cuentos, en tu obra toda de artista gentilísimo.

Por tu amor al arte, amaste también á nuestra España, y si en tu «Santa Teresa» venció la fantasía francesa á la severidad española, como en Víctor Hugo, ¿cuál será de nuestros poetas románticos el que pueda arrojarte la primera piedra? No serán Lope ni Calderón, que á sus anchas y para su gloria, fantasearon con la Historia y la vida españolas; no será Zorrilla, que hoy te saludará como hermano; hermano en todo, hasta en lo de ver cernirse como tú, sobre su tumba, siniestras aves de rapiña. Por fortuna, ¡oh, poetas!, si estos pajarracos, con su pico, pueden roer sobre vuestros huesos la carne muerta, no pueden con sus parduzcas alas obscurecer la luz de vuestra gloria.