Como tanto se ha discutido la sinceridad del «wagnerismo» de muchos que dicen ser wagneristas, sin duda, la empresa del teatro Real ha querido ponerla á prueba, y al mismo tiempo la resistencia física de músicos y cantantes. Para ayer domingo estaban anunciados: «El Ocaso de los Dioses», por la tarde, y «Lohengrín», por la noche. No creo que el programa se haya cumplido, pero si así fuera, leeré hoy lunes con interés, las noticias, para saber cuántos profesores de la orquesta hubieron de ser conducidos en camilla á su domicilio al final de tan ruda jornada. Si solo el asistir de espectador tarde y noche supondría un vigor extraordinario y por ello merecería cualquiera mención especial, ascenso inmediato y condecoración pensionada en el cuerpo de «wagneristas» denodados, ¿qué decir de los ejecutantes? Para éstos sí que será día de prueba su fervor artístico y admirativo por el genio de Wagner. Vamos, que si al caer el telón y caer ellos desfallecidos, no reniegan de tres generaciones anteriores, por lo menos, del sublime músico y de las posteriores, hasta la cuarta, como una maldición bíblica, ya pueden dar fe de su wagnerismo.

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Algo quisiera decir de la nueva ópera española «Margarita la Tornera»; algo de su autor tan maltratado, tan discutido, tan injuriado antes de ahora, que siendo estas las señales más ciertas de ser glorioso en España, no necesitaba de mayor triunfo, ni para satisfacción propia, ni para nuevos desahogos de sus enemigos. ¿Enemigos? No. Enemigos son los que usan nobles armas y combaten con ellas. Los que solo usan de su natural veneno, no pueden ser considerados como enemigos. Tienen su clasificación en las últimas escalas zoológicas.

¿No parece ya á algunos que hemos hablado bastante de «Margarita la Tornera»? ¿No dicen otros que se ha abusado del bombo? ¿Del bombo? Y días antes del estreno nos tenían afligidos á los constantes admiradores del maestro Chapí, los agoreros de un fracaso...

¿Que se ha hablado bastante? No tanto como de esta ópera italiana ó de tal otra francesa ó de aquella otra rusa, que fatigan sin cesar las columnas de los periódicos en todo el mundo. No tanto como del «Chantecler» de Rostand, ni como del Vivillo ni la Juaneca...

¡Oh admirable y extraño patriotismo el nuestro, que quisiéramos una España grande, pero en la que todos los españoles fueran pequeños! Mal país de sembradores, pero excelente de tijereteros, dedicados á cimar cuanto amenace ser árbol en tierra de arbustos.

Hay, por dicha para todos, un público, el público que no es de literatos ni de músicos, que tal vez no entiende de letras ni de notas, pero entiende con el corazón, como pedía San Pablo, al artista y á todo el que le habla con la honradez desinteresada del amor al arte y á la verdad.

Ese público no ha regateado su aplauso ni su admiración al insigne músico español; ese público sabe cuánta generosidad supone el habernos ofrecido ese regalo de arte. «Margarita la tornera» le producirá á su autor... treinta ó cuarenta mil pesetas de menos, que dejará de percibir en esta temporada, por haber desatendido los trabajos del género chico.

De modo que, en efecto, no debe hablarse más de «Margarita la Tornera». ¡Un hombre que va á hacerse rico con una ópera! ¡Y encima un poco de gloria!... No, no es posible. ¡Ni que fuéramos tontos!

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