Lujosos trenes, coches y automóviles, forman fila, después círculo, después caracol, por fin masa compacta á la puerta de la humilde iglesia. ¿Qué sucede? ¿No sabéis? Es la devoción á la moda. La imagen milagrosa que, de tres peticiones, concede una. Pero una sola, y no puede hacérsele más de tres. De tres cosas, una. ¡Dios mío! ¿Cómo pueden conformarse á tal mezquindad esas bellas y elegantes damas, acostumbradas á conseguir todo lo que piden? Sin duda piden cosas muy difíciles ó imposibles, cuando se dan por muy contentas con obtener una. Secretos serán entre el cielo y ellas, porque en asuntos de la tierra, todos sabemos que si ellas desearan tres cosas, no tendrían para empezar con una sola.
¡Quién pudiera penetrar el misterio de vuestras peticiones, y quién tuviera poder para exaudir todos vuestros deseos! Cierto que á la divinidad no es posible engañarla, pero ¡es tanto el arte de seducción en las mujeres! que la divinidad sonreirá bondadosa cuando ellas oculten entre dos peticiones insignificantes la de verdadera importancia. Ó, cuando las peticiones en aparente forma distinta, sean en realidad una misma. Yo pienso acudir uno de estos días á la devoción milagrosa y haré muy humilde mis tres peticiones. Un millón de pesetas, un millón de francos ó un millón de liras. Veremos si es verdad que de las tres cosas se consigue una. Con cualquiera de las tres me contentaría y todas las tardes verían ustedes un automóvil más á la puerta de la humilde iglesia, cuyo nombre y sitio no diré á ustedes, porque los anuncios son asunto de la administración. Y ¡qué mejor anuncio que tanto coche blasonado y tanta distinguida dama en la plazoleta antigua del Madrid viejo; este Madrid que tantos rincones guarda de siglos pasados en sus calles y no menos en el espíritu de sus nobles y bellas damas!
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Si alguien dudara de los sentimientos religiosos de este país católico por excelencia, de la honda preocupación religiosa de nuestro espíritu, de lo importante que es para los gobiernos el no ofender ni menoscabar en nada nuestras venerandas creencias, bastaría con la más superficial observación de lo que significan para nosotros estos días solemnes en que la Iglesia, nuestra madre, conmemora la Pasión y Muerte de Jesús.
En calles y templos las más expresivas muestras de verdadero fervor cristiano. Severidad en el adorno y en las ceremonias de iglesia; raudales, cuando no de arrebatada elocuencia, de sencillez evangélica, en los púlpitos; los pocos lugares de esparcimiento ofrecidos al público, como cafés, pastelerías, etc., abandonados de su habitual parroquia masculina, no digamos de señoras y señoritas; todas fidelisísimas observantes del riguroso ayuno. Las mujeres desdeñosas de solicitar la atención de los hombres, en estos días consagrados á la meditación y al recogimiento, con la mayor sencillez en su persona; los hombres, respetuosos con la actitud severa de ellas, sin atreverse á ofenderlas con un mal piropo. ¡Oh! Es un espectáculo edificante. La vida parece haber suspendido todo el anhelo pecaminoso con que de continuo nos solicita para perpetuidad de la especie y del pecado.
No es de extrañar que los extranjeros que en estos días solemnes visiten principales ciudades de España: Madrid, Sevilla, Murcia, Toledo, etcétera nos juzguen de una imponente austeridad religiosa, que les hace más comprensible el legendario fanatismo que propagó las hogueras inquisitoriales de España por medio mundo.
Y si en algo puede haber disculpa para tantas atrocidades cometidas en nombre de la Religión, nuestra mejor disculpa está en eso, en la sinceridad del sentimiento religioso de nuestro espíritu; el mismo que sobrevive con la misma sinceridad y del cual pueden hacerse cargo cuantos nos visitan en estos días solemnes de meditación y recogimiento.
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Ningún ejercicio espiritual más propio del bondadoso escéptico en estos días, que la lectura de un bonito libro, recientemente publicado en París. Su autor, Salomón Reinach; su título «Orfeo». Historia de las religiones. Un substancioso compendio, acaso despreciable para los eruditos especialistas que sonríen desdeñosos á todo extracto de ciencia: pero muy de agradecer para los «pica-platos» intelectuales, deseosos de asomarnos á todas las ventanas y aun á todas las alacenas de la inteligencia, sin tiempo para otra cosa que oler donde se guisa y pellizcar donde se sirve. Y como bien guisado y bien servido, está el manual en cuestión. En un perspicaz vistazo de pájaro sobre todas las creencias religiosas que han inquietado al mundo.