Desde la altura todas parecen en el mismo plano y, cuando menos, aprendemos á estimarlas lo mismo, como una necesidad universal del humano espíritu: niño preguntón que quisiera saber el por qué de todo, y á falta de verdades ciertas se contenta con suposiciones fantásticas.
En los más claros y habitables aposentos de nuestra inteligencia, asentamos las pocas verdades que poseemos; allá, en los camaranchones interiores y obscuros de nuestro cerebro, ó arrinconamos los trastos inservibles que nos correspondieron por antiguas herencias, ó suponemos duendes y fantasmas que justifican nuestro horror á penetrar en ellos y la imposibilidad de habitarlos.
Cierto que, puestos á elegir fantasmas, debiéramos elegir los más gratos, y es preferible imaginar duendes alegres y juguetones á trasgos espantables. Pero ¡ay! que son los hombres los que hicieron á sus dioses á su imagen y semejanza, y así hay dioses bondadosos, dioses crueles, dioses vengativos, dioses indiferentes, dioses ridículos, dioses respetables, dioses humanos y dioses divinos. Dioses para todos los gustos y para todas las aspiraciones.
Somos el molde de nuestras creencias, y no ya cada pueblo, cada hombre, llevamos á nuestro dios, hecho carne en nosotros. Por eso, entre todos, ningún símbolo tan espiritualmente bello, como el de nuestro Dios, hecho hombre, hijo del hombre, hombre como nosotros; que en nosotros puede nacer, y en nosotros y por nosotros padecer pasión y muerte y en nosotros resucitar y divinizarse.
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Un distinguido pintor escenógrafo y dos populares y aplaudidas tiples han tenido uno de sus más ruidosos éxitos... ¿En dónde, dirán ustedes? En la parroquia de San Sebastián.
El Teatro y la Iglesia ó la Iglesia y el Teatro—las señoras primero—aunque alguna vez hayan andado á la greña, en el fondo han sido siempre buenos amigos. No es preciso remontarse á los orígenes del teatro ni á la representación de los Autos Sacramentales para demostrarlo. La capilla de la Virgen de la Novena, que el fervor de nuestros actores costea y sostiene sin decaimiento de su original esplendor, lo atestigua bien claramente hoy en día.
En esta Semana Santa, con su decoración teatral y la presencia de nuestras más bellas actrices, la capilla de la Novena ha conseguido la mejor entrada. Los devotos tal vez se escandalicen; pero, nada importaría que los templos tuvieran algo de teatro, si los teatros alguna vez tuvieran algo de templo.