¿No están recientes las luchas y protestas de los camareros de café, hasta conseguir les fuera permitido el uso del bigote, por considerar como signo deprimente de servilismo la cara rasurada? Y he aquí, al poco tiempo, que ya son los mozos de café los únicos que llevan bigote, y todo pelo en la cara es anatematizado por la distinción y por la higiene. Ni una ni otra son señoras muy de fiar, por lo veleidosas. Ahora nos dicen las dos, puestas de acuerdo, que barbas y bigotes son terribles nidos de microbios y, aun cuando vaya uno para viejo, no hará muchos años, «leía yo, en los libros que tenía»—como dice Segismundo, el de «La vida es sueño», no confundirle con el de «El sueño es vida»,—leía yo, como iba diciendo, en mis buenos libros de higiene, cómo era menor la mortalidad y el peligro de la tuberculosis, entre los obreros que, empleados en industrias, como la fabricación de hilados y otras similares, dejaban crecer barbas y bigotes, que entre los afeitados ó barbilampiños; pues barbas y bigotes eran como red cazadora de partículas que, sin ese natural obstáculo, penetrarían directamente en los pulmones. Toda esta explicación venía muy cimentada sobre sólidas estadísticas y lo mismo vendrán éstas de ahora, que afirman todo lo contrario.
Yo no sé si ahora será cuando la higiene está en la fija; de la moda, sé decir que, para rostros de pura cepa castellana, no puede ser más desfavorable. Para bien parecer un rostro varonil afeitado, necesita ser de buen color y armonizar con rubios cabellos que den claridad y juventud á la fisonomía. Pero el ceñudo castellano, de negro pelo, color verdinegro ó amarillento, cobra un aspecto duro de presidiario ó cura de facción, con el rostro afeitado, más sombrío sin el contraste de bigote ó barba.
Y ¿qué diremos de los que deciden el afeitado sin contar con los veinticinco céntimos necesarios para la diaria operación? Entre éstos figuran muchos jóvenes artistas, que estarían mejor con su buena melena y todo lo que buenamente quisiera crecerles. Todo, mejor que verles con la pelusa de una semana, como quincenarios, y oirles decir todavía:—¿Sabe usted? No llevo nada en la cara porque es mucho más limpio y más higiénico.—¡Vaya con la limpieza y con la higiene!
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De las famosas turbias del Lozoya, ninguna tan turbia como esta de ahora, tan de color de chocolate, que pasa de castaño obscuro. El Manzanares, por otra parte, celoso al cabo de los años del injusto predominio sobre Madrid, que su rival le usurpaba, y de las clásicas burlas á su pobre caudal, quiere probarnos que, si no en agua, en lodo, tiene fuerza bastante para alcanzar á respetables alturas. Por suerte, aquí todos sabemos nadar entre dos aguas, y aun entre agua y lodo, que no siempre el ser animal anfibio tiene sus inconvenientes, como aseguran en popular zarzuela.
El Señor nos libre de juicios temerarios, pero es desgracia nacional que todo negocio y toda industria emprendidos en tierra española, aun los que mas beneficiosos parecen para el interés general, lleven mancha de origen por la pícara intervención política en todos los asuntos. Así el trabajo honrado y el dinero, nunca más honrado, que cuando al servicio del trabajador se pone, andan siempre tan desconfiados de emplearse en nuestra industria y en nuestros negocios. Apenas se proyecta algo provechoso, todo el mundo se escama: ¡Chanchullo! ¡Manos puercas! ¿Escuadra? un momio. ¿Gran Vía? otro momio. ¿Teatro Nacional? momio de ambos sexos; si ha de venir á ser refugio hospitalario de ruinas artísticas y literarias. De toda empresa española puede decirse, como de aquellas famosas Cortes: ¡deshonradas antes que nacidas!
De aquí proviene que el celoso de su buena opinión huya, como el diablo, de intervenir en todo negocio, y vienen á parar todos ellos en manos de gente despreocupada, á la que, al fin y al cabo, hay que agradecer su despreocupación, que ya es una prueba de valentía, y tan necesitados estamos de emprendedores, que bien podemos decir: Hágase el milagro y hágalo el diablo. Hágase el negocio, aunque saliere un poco sucio.
Todas estas desconfianzas y recelos, más son señales de nuestra pobretería que de nuestra moralidad. Hay tanta escasez de dinero que no se comprende cómo nadie puede manejarlo sin resistir á la tentación de quedarse con algo entre las uñas. Para juzgar de los demás no solemos tener más norma que nosotros mismos; lo que haríamos en su caso.
Nunca he oído á ningún gran señor quejarse de que le sise su cocinero, ni su jefe de cuadra, ni su administrador. Verdad es que su mesa está bien servida, sus trenes bien presentados y á él nada le falta.