De sobremesa.

I

El señor ministro de la Gobernación ha propuesto el mejor remedio para evitar conflictos en la Plaza de Toros; que el público se abstenga de asistir á las corridas si tanto le disgustan. El remedio es excelente, pero ya dijo el sabio que: Á trueque de quejarse, habían las desdichas de buscarse. Y el gustazo de protestar nunca se paga bastante caro. Tiene además, ese remedio, el peligro de caer el público en su eficacia y en ese caso, bien pudiera dar en aplicarlo á otros muchos espectáculos caros y malos, que él sostiene con su buen dinero. Pero ha de comprenderse que lo de ver al público echarse al redondel, no puede ser del gusto de ningún gobierno. Aunque bien pudieran pensar los espectadores que siendo ellos los toreados, ningún sitio mejor que el redondel les corresponde.

Y á propósito de plazas de toros; los sombreros de señora van alcanzando sus dimensiones. En Londres acaba de presentarse una actriz con uno que mide un metro ochenta de diámetro, y sobre él se levantan todavía culminantes dos magníficas plumas de avestruz, de sesenta centímetros. Semejante edificio, por más señas es de color malva y de las plumas, una azul y la otra «assortié» al sombrero. No hay que decir si habrá causado sensación. Supongo que la obra en que se ha presentado, llevará esta acotación: La escena representa un sombrero. La moda es graciosa y en una mujer alta y de esbelto talle, esos sombreros circundan como una gran flor la linda cabecita que parece nimbada. Pero las mujeres bajas y rechonchillas deben evitarnos el espectáculo de una monstruosa seta que anda. Por fortuna, nuestras señoras, han sido las más dóciles en atender el ruego, más que la orden de presentarse en los teatros sin sombrero. En otros países, donde las mujeres se la dan más de «superhembras», ni ruegos, ni censuras, ni órdenes, han podido apear los sombreros de su cabeza... Siempre se dijo que cuando á una mujer se le pone una cosa en la cabeza, es difícil quitársela. En este caso particular, las nuestras merecen los mayores elogios. Nuestras mujeres son muy gobernables; no suelen ser de oposición más que cuando sus maridos están en el gobierno: dígalo la ley de asociaciones.

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Menos mal; en la manifestación conmemorativa de la revolución de Septiembre hubo algunas levitas de buen corte y algunos pantalones de airosa caída y bastante camisa limpia... Menos mal, que de otro modo ya hubiera salido á relucir lo de ¡Cuatro desarrapados! ¡Populacherías! No, justamente la blusa—tan apreciada cuando vota con los gobiernos, tan despreciada cuando se manifiesta en contra,—es la prenda más retraída de manifestaciones liberales. ¡Pobre gente! Ha oído la voz del taimado cocodrilo ¡Bebe quieto! Dejaos de libertades y de derechos políticos; al pobre lo que le conviene es tener trabajo, dinero, lo material, lo positivo... ustedes á lo suyo... Y el pobre, bastante desagradecido con los que trajeron las libertades, gracias á las que ha podido y podrá conquistar poco á poco algo de lo suyo, se cree hoy más listo y más avisado, porque, como él dice: Á mí ya no me la da nadie. No, ¡pobrecito!, te la dan los otros; que te hacen instrumento suyo cuando les conviene... ¡Ah, pueblo, pueblo! Has vendido tu primogenitura por un plato de lentejas.