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Contra los pronósticos metereológicos teatrales, «La Nube» pasó sin la menor protesta de los aludidos. Lo suponía; es gente que sabe con quién ha de gastarse los cuartos y de la que dice: «Dame pan y llámame... lo que quieras». Que la obra á más de haber sido aplaudida, es muy plausible, por la valentía que supone en un autor empresario, ponerse enfrente del público más decorativo y más saneado metálicamente, no hay para qué decirlo. En cuanto á su eficacia, ya es más discutible. En esta ocasión, como en otras, por ser más aparente van dirigidos los ataques á lo que parece causa y no es sino efecto. Las nubes, de cualquier género que sean, solo se forman en determinadas condiciones atmosféricas. La patología social debe distinguir las enfermedades sintomaticas de las esenciales y la nube, esa nube negra que entenebrece el aire de España y parece causa de muchos males, es solo efecto de ellos. No es ella la que tiene culpa de nuestro atraso, es nuestro atraso el culpable de que la nube exista. Poco se consigue con atacar al parásito si no se robustece la naturaleza que hace posible su vida. Esos espíritus, dominados por la nube, lo serían del mismo modo por la «cocotte» ó por la echadora de cartas ó por cualquier inventor de la fabricación de diamantes. Nadie abrió jamás tienda de género que nadie solicita. ¿Qué culpa tiene el fabricante de naipes de que se juegue? Excelente es la obra de Ceferino Palencia, pero, créame el distinguido autor, tantas veces aplaudido, la nube es algo, pero no es todo. ¡Á los cascos, á los cascos! ¡Dejad las arboladuras!

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En cuanto deja uno Madrid por algún tiempo y vuelve á pasear por sus calles, cada día encuentra un teatro y una iglesia ó capilla de nueva planta. Así dice un señor: «Yo no sé cómo en Madrid pueden sostenerse tantos espectáculos». Pero hay público para todo. Como antes al estanco, ya cada vecino puede permitirse la comodidad de ir al teatro de la esquina. De este modo se establece cierta cordialidad de relaciones entre los actores y su público. Ya que Madrid no llenaba los teatros, los teatros han decidido llenar á Madrid. Y no hay duda que en este caso, como con el anuncio prodigado, la sugestión triunfa... No entrará usted en el primer teatro que se encuentra, pero al noveno ó décimo, cae usted. Y una vez que se entró usted en uno, ya cae usted en la manía coleccionista y acaba usted por recorrerlos todos.

Es un error de los empresarios creer que tan formidable competencia les perjudica. Cuanto mayor sea el número de teatros, más irán todos ganando, aunque no sea más que en la comparación. Por malos que parezcan algunos siempre hay otros peores.

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Las reformas en la indumentaria de nuestro ejército, ha dado algo que decir y más que murmurar. Hasta verlas realizadas no sabremos si en ellas se ha atendido más á lo práctico que á lo estético ó viceversa. Si fué á lo práctico, bien estará, si lo estético no padece. Si fué á lo estético, quiera Marte y no pese á su amante Venus, diosa de la belleza; que lo estético no sea tan alemán ó tan inglés ó tan japonés, que al físico nacional le caiga malamente.

Un uniforme puede ser elegante en un arrogante mocetón de una guardia imperial, y sentarle desgarbado al airoso soldado español. La gorra de plato, por ejemplo, necesita elevada estatura, que no es lo general en nuestra raza. El soldado español es el más naturalmente elegante del mundo, sin afectación, sin empaque; sería lastimoso que en estas reformas no se hubiera tenido en cuenta lo que mas importa, el elemento natural, la figura. Un ejército para ser verdaderamente nacional, debe vestir «nacionalmente». ¿Hubiera estorbado algún artista, algún pintor ilustre, en la comisión reformadora? Napoleón fué un genio militar, pero también fué un gran maestro en estética. ¿Se figuran ustedes á Napoleón con un gran casco ó con un gran morrión sobre su cabeza? ¿No basta su inmortal sombrero para evocar toda su figura y todo su genio?

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