Á lo mejor recibo cartas de personas desconocidas para mí, cartas que yo agradezco, porque suponen más atención de la que ello merece, á estos ligeros apuntes semanales. Lo mismo á los que me celebran, porque dije lo que ellos pensaban—¡qué fácil es agradar á los lectores cuando se piensa lo mismo que ellos!—como á los que se indignan tal vez por alguna de mis apreciaciones, les diré que, yo no pretendo sustentar aquí doctrina de ninguna clase; que todo cuanto aquí digo es... semanal, y muy bien pudiera decir lo contrario á la semana siguiente; aunque no soy hombre de grandes contradicciones, acaso por no serlo tampoco de grandes afirmaciones ni negaciones.

Tengan unos y otros en cuenta, que todo esto no es más que charla de sobremesa; que alguna vez estoy entre personas de confianza y puedo decir lo que pienso, pero otras, me atengo á la opinión de los comensales. Y ¿no eres tú siempre, lector amigo, el verdadero convidado de piedra, con cubierto puesto siempre á la mesa de todo escritor? ¡Pues si tú no te aparecieras de cuando en cuando, aun habrías de leer cosas que te agradaran ó te indignaran mucho más, según los casos! Como Polonio aseguraba á Hamlet, de los cómicos, al temer si no se atreverían á representar cierta comedia, también yo pudiera decirte: Señor, como vos no os avergoncéis de oirla, ellos tampoco se avergonzarán de representarla.

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Este último viaje de nuestros reyes á Barcelona, tal vez haya sido el más provechoso. La bella, la noble princesa inglesa, hoy reina de España, sólo habrá podido juzgar desde aquí, que tal vez Cataluña era una despoblada y lamentable Irlanda... ¡Tales eran sus quejas y clamores! Al contemplar la riqueza y prosperidad de Barcelona, su aspecto de gran ciudad europea, lo ameno de sus alrededores, que no habla de tristezas ni abandonos, no podrá por menos de pensar, que de Cataluña á Irlanda hay mucha distancia, y que, absolutista ó parlamentario, monárquico ó republicano, no habrá padecido grandes tiranías, ni grandes vejaciones, bajo ningún régimen de gobierno nacional, región que entre todas las de España sobresale por adelantada y por próspera.

Mucho, no obstante, se han suavizado asperezas de allá, en estos últimos tiempos. Bien está así, que de nada nos asustamos como que puestos á pedir todos estamos en el mismo caso, sin salirnos de las aspiraciones legítimas. En cuanto á la ley de jurisdicciones, la más pronunciada arruga en el ceño catalanista... ¡Es tan fácil derogarla! El legislador espartano no consignó en sus leyes pena alguna contra el parricida; juzgó que en Esparta no había nadie capaz de cometer ese delito. Cierto que los delitos que dieron razón á esta ley—que no debió existir nunca en España, por el mismo motivo que aquella otra en Esparta,—por su falta de grandeza y lo mezquino de sus manifestaciones, tal vez no merecía mayor sanción que la de un agravio á la buena educación y al buen gusto; que no otra cosa eran aquellas caricaturas y aquellos dicharachos ofensivos para la patria y para el ejército, su más alta y noble representación.

Justamente, nuestro ejército tuvo siempre el más amplio espíritu de tolerancia para admitir discusión sobre su organización, sobre sus condiciones; no digamos sobre el pacifista antimilitarismo de sociólogos y socialistas. Si dictadores hubo en España fueron civiles ó clericales; al ejército se debe cuanta libertad gozamos, él fué siempre freno de la reacción y acicate del progreso. Nada más injusto que considerarle instrumento de tiranía. Y conste que no soy nada militarista, que no soy de los que creen la guerra un mal necesario, sino muy innecesario; de los que esperan y confían en que los ejércitos serán en lo porvenir una decorativa policía internacional; pero esto solo ha de conseguirse por el mismo ejército; por eso, en su bandera, que aprendí á saludar desde niño, cuando aun no se acostumbraba en España, no saludo sólo la bandera de la patria, sino la bandera futura de ese ideal estado de paz, que sólo el ejército puede asegurarnos.

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La distinguida escritora que firma con el risueño nombre de «Colombine», propone en un artículo, publicado en «España Artística», la fundación de un teatro para los niños.

En España, ¡triste es decirlo!, no se sabe amar á los niños. Si no hubiera otras pruebas, bastaría esta falta de una literatura y de un arte dedicada á ellos. ¿Qué libros españoles pueden leer nuestros niños? De la literatura clásica, ninguno. El «Quijote» es una obra de desencanto, de desilusión, propia para la edad razonadora. Sería cruel que los niños rieran con «Don Quijote», y más cruel que pensaran. De los escritores modernos, tal vez Galdós, en la primera parte de sus Episodios Nacionales, fué el único que escribió para los niños, sin proponérselo; quizás, por lo mismo, con mayor acierto.

Digo por lo mismo, porque los escritores que deliberadamente intentan escribir para niños, suelen padecer el error de considerarlos demasiado pueriles y se creen en el caso de puerilizar su espíritu. Por esto las mejores obras para la infancia, son las que no fueron escritas con intención de conquistarla. «Robinsón Crusoé», algunas novelas de Dickens... En cambio, ¡cuánta ñoñería, cuánta bobada en muchos cuentos y narraciones pensados y escritos especialmente para los niños, que no pueden por menos de aburrirles!