¡Un teatro para los niños! Sí, es preciso, tan preciso como un teatro para el pueblo. ¡Ese otro niño grande, tan poco amado también y tan mal entendido!

Y en ese teatro, nada de ironías; la ironía, tan á propósito para endulzar verdades agrias ó amargas á los poderosos de la tierra, que de otro modo no consentirían en escucharlas, es criminal con los niños y con el pueblo. Para ello, entusiasmo y fe y cantos de esperanza llenos de poesía...

Y nada de esa moral practicona, que á cada virtud ofrece su recompensa y cada pecadillo su castigo; esa moral que convierte el mundo en una distribución de premios y pudiera resumirse en un dístico por el estilo:

No comáis melocotones

porque dan indigestiones.

La verdadera moral del teatro consiste, en que, aun suponiendo que Yago consumara su obra de perfidia, coronándose Dux de Venecia, sobre los cadáveres de Otelo y Desdémona, no haya espectador que entre la suerte de uno y otros no prefiera la de las víctimas sacrificadas á la del triunfador glorioso.

La verdadera moral esta sobre los premios y sobre los castigos, está en lo mas hondo, en lo más íntimo de nosotros mismos, allí, donde está Dios, siempre que queremos verle y oirle... Consiste en una limpieza espiritual de la que solo nosotros gozamos. Nadie piensa al lavarse todo su cuerpo en que ha de ir desnudo por la calle, se lava uno por propia satisfacción y limpieza... Y aunque la ropa sea mala, va más tranquilo el que así se ha lavado, que los que, muy bien vestidos, solo se lavaron la cara y las manos.

Esta moral es la que conviene al teatro y al arte dedicado á los niños y al pueblo.

La amable escritora cita mi nombre entre los de otros escritores que, seguramente, no dejarán de escribir obras para ese teatro. Por mi parte, ¡nunca con mayor ilusión, nunca también con mayor respeto á mi público!