II

Un periódico de la cascara dulce, ya sabemos cuáles son los de la amarga, celebra determinadas obras de determinados escritores, por juzgarlas aproximación á sus ideales. Tiene el buen sentido de no cantar victoria definitiva. Con no tan buen sentido y en un artículo, por lo menos indiscreto, otro periódico liberal muy significado, se desata en denuestos contra los aludidos escritores y contra gran parte de la juventud literaria, pluralizando de un modo lastimoso, pues bien sabe el que escribió ese artículo, que eso de las casas de huéspedes y sus cocidos indigestos—aparte de no ser delito imputable y menos por un buen demócrata,—eso de los busca-dotes y del «Se alquila» levantado no reza con la mayoría de los literatos de la actual hornada. Eso de suponer á dos escritores poco menos que á punto de levantar partida porque uno eligió por asunto de una novela episodios de las guerras carlistas, y el otro presentó en el teatro á una hermana de la Caridad, que no baila la machicha, es mostrar una intransigencia indigna de espíritus que se juzgan por liberales. Yo no sé que mi obra—«La fuerza bruta»,—sea distinta de otras muchas mías, como «Alma triunfante», «Más fuerte que el amor», etc. Sé, en cambio, que en otras muchas obras, en todas, no se me ha quedado por decir nada que deje lugar á dudas sobre mi espíritu reaccionario. No así muchos autores cucos, de los que sería difícil saber por sus obras lo que piensan de lo divino y aun de lo humano. Si algún remordimiento escarabajea mi conciencia artística, es haber sacrificado muchas veces el arte á la predicación; pero en España... ¡hay que predicar tanto, y el teatro es tan buen púlpito!

Bien puedo exigir algo más de reflexión al que lanza excomuniones tan de ligero. Ya sé que estas palabras escritas no lograrán convencerle, á él que solo en la oratoria cree como fuerza persuasiva y abomina de los que leemos cuartillas en vez de pronunciar discursos. Por eso, todo lo fío de su elocuencia, ella sabrá persuadirle mejor que cuanto yo escriba, de que fué injusto y de que fué ligero y que en momento de alistar fuerzas, no es la mejor ocasión para restarlas, porque, francamente, ¡hablar de libertad y negar libertad al arte, no es para convencer ni á los convencidos, cuanto más á los desconfiados!

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Y ahora... El juglar caminaba por la vida y vió pasar á los soldados; marchaban á la guerra temerosos los bisoños; jóvenes, casi niños, arrancados á todos sus amores; trazando ardides para medrar sin peligro, los veteranos; todos ellos sin ardor y sin fe. El juglar, al verlos, entonó una canción á la patria, á la guerra, y sobre los soldados pasó con ala de fuego la visión de la gloria y sus corazones despreciaron la muerte...

—Ven con nosotros—dijeron al juglar...—Quien canta así la guerra será buen soldado...

—No—dijo el poeta.—En la batalla quizás sería el más cobarde. Supe infundiros valor... No pidáis otra cosa...—Y el juglar quedó solo y los soldados marcharon repitiendo las estrofas vibrantes de la canción guerrera.